¿Algo nuevo en el arte de mentir?

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Más personas de las que podemos contar coincidimos en esta muestra de sentido común: descubrir la verdad sobre cualquier asunto suele ser mucho más difícil que inventarla, deformarla o acomodarla a nuestra conveniencia. Aunque pocas veces lo reconocemos en público, lo hacemos con frecuencia y muchas veces inconscientemente. Es decir, mentir no ocurre necesariamente por la ausencia de razones morales o angelitos hablándonos al oído, sino por conveniencia práctica, con finalidades tales como: • Protegerse y eludir responsabilidades: justificar o maquillar errores, ocultar intenciones, desplazar la culpa hacia otros, evitar el desprestigio, disimular la fragilidad, rehuir la autocrítica o aparentar inocencia. • Construir una versión creíble de la realidad: seleccionar, reorganizar o distorsionar hechos para hacerlos convincentes; convertir casos particulares en generalizaciones, acontecimientos dispersos en relatos coherentes y opiniones en aparentes argumentos suficientes. • Influir y controlar a los demás: manipular percepciones y voluntades para producir respeto, obediencia, adhesión o consenso, presentando determinadas versiones de la realidad como oficiales, naturales, inevitables o indiscutibles. • Movilizar emociones y conductas colectivas: crear mitos compartidos, desinformación, miedo, indignación o entusiasmo para desviar la atención, fortalecer identidades colectivas, inhibir la crítica o paralizar la participación antes de que los hechos puedan ser comprobados. Decir "yo nunca hago nada de eso", posiblemente sería equivalente a montar una mentira encima de otras. Mientras aclaramos estas maniobras de la emoción y de la mente, podemos explorar algunas preguntas acerca de esta parte creativa de la condición humana: • ¿Mentir consiste simplemente en decir algo contrario a los hechos? No necesariamente. Mentir supone, en sentido estricto, conocer o creer conocer una verdad y tratar deliberadamente de torcerla. Equivocarse, ignorar los hechos o sostener sinceramente una creencia falsa no equivale por sí mismo a mentir. • ¿Podemos mentir diciendo algo verdadero? Sí. La mentira no depende exclusivamente de que una afirmación sea falsa, sino también de la manera como que se presenta. Una verdad seleccionada, incompleta, descontextualizada o pronunciada para producir una impresión falsa puede funcionar como mentira con apariencia de verdad. • ¿Podemos determinar con certeza que otro miente? No necesariamente. Demostrar que una afirmación es falsa no basta siempre para demostrar que alguien mintió: para hablar propiamente de mentira habría que establecer también que conocía o consideraba verdadera otra versión y por qué decidió ocultarla o deformarla. De alguna manera mentira y verdad rara no son excluyentes, especialmente cuando hay conveniencia de por medio. Por ejemplo, desde finales del siglo XV el control eclesiástico de la imprenta en el Occidente cristiano obligó a numerosos pensadores, filósofos y creadores —muchos de ellos buscadores de la verdad— a disimular convicciones y hallazgos, recurriendo al anonimato o adaptando sus textos para poder publicarlos. En el siglo XXI, el arreglo entre mentira y verdad adquiere una forma secular e industrializada. En el extremo, algoritmos y agentes de inteligencia artificial pueden producir, personalizar y multiplicar contenidos a escala global, capaces de desinformar, manipular procesos democráticos o engañar masivamente a una velocidad sin precedente. Gracias por tu lectura y por tus comentarios, seguimos en comunicación nos vemos en Herramientas para Desaprender y Aprender.