"Es mucho más difícil descubrir la verdad sobre cualquier cosa aplicando para ello el razonamiento y el apego a los hechos, que adaptar las palabras al propósito que nos interesa en un momento dado". Esta idea ha sido importante desde la antigüedad, principalmente en la reflexión de filósofos y especialistas en la comunicación humana, tales como lingüistas, filólogos y semiólogos (*). El planteamiento es en cierta forma paradójico: por un lado, el anhelo de qué la verdad sea la cúspide de un proceso racional y bien fundado en los hechos. Por otro lado, la necesidad en la vida cotidiana de lograr la suficiente claridad y efectividad en lo que escuchamos y decimos, para poder comprender, resolver problemas, ponernos de acuerdo, conversar y todo lo demás que hacemos cada día apoyados en la comunicación. En la vida real, la de todos los días, comunicarnos es un ejercicio de aproximaciones sucesivas, en el que se mezclan hechos, emociones, creencias y conveniencias, qué pueden ser en alguna medida verdaderas. En principio, sería impráctico detenernos a cada paso hasta obtener pruebas convincentes acerca de lo que vemos, sentimos o pensamos. Claro, hay excepciones. Una de ellas pudiera ser, por ejemplo, hacerlo para entender claramente el diagnóstico que el médico nos está dando en la consulta. Sin el afán de resolver el posible dilema que nos plantea la afirmación inicial, me parece que las dos partes que contiene son necesarias: hay algunos momentos para decir o escuchar la verdad por encima de todo, con el menor número posible de dudas. Sin embargo, la mayoría de las veces a comunicarnos lo mejor posible, aunque haya dudas acerca de la veracidad de lo que escuchamos o decimos. Quizás un buen punto de partida para enlazar a las dos partes sería reflexionar, antes de preguntar, opinar, decidir o juzgar: ¿qué es lo que no sé, realmente, honestamente, sobre lo que estoy escuchando, o quiero decir? De esta manera, casi sin darnos cuenta, nos acercaríamos un poco a la propuesta de Sócrates, para quien hacer preguntas sobre lo mucho que no sabemos antes de responder, y mostrar sin temor nuestras dudas, era la verdadera fuente del saber. (*) Ejemplos de ello los encontramos en las obras de Tucídides, Platón, Aristóteles, Cicerón, San Agustín, Erasmo de Rotterdam, Francis Bacon, René, Descartes, David Hume, Immanuel Kant, Hanna Arendt, Michael, Foucault, Huberto Eco, Jürgen Habermas, Harry Frankfurt, Lee McIntiyre y Yubal Noah Harari.