Elena Garro en Material de Lectura: La culpa es de los tlaxcaltecas (1964)

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Por Leonardo Huerta Mendoza En la literatura mexicana del siglo XX, pocos cuentos han logrado, como éste, articular con tanta naturalidad dos tiempos históricos que, en apariencia, resultan irreconciliables. Este relato pertenece al conjunto de textos en los que Elena Garro exploró la convivencia simultánea de los tiempos, un rasgo que la crítica asocia con su manera singular de reescribir lo real desde lo maravilloso. En La culpa es de los tlaxcaltecas, el presente no desplaza al pasado: ambos coexisten y se espejean, como si una capa de la historia se reflejara en la otra.

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La historia inicia en la cocina de una casa de la clase alta mexicana de mediados del siglo XX. Allí, Laura, la protagonista, llega cubierta de tierra y sangre, y confía a Nacha, su cocinera, que ha vivido algo imposible: el reencuentro con su “otro” marido, un guerrero indígena con quien está unida desde un tiempo remoto. Con esa escena doméstica, tan común y tan íntima, Garro abre el paso a un ámbito en el que el tiempo se fractura y el pasado irrumpe con la misma consistencia física que el presente. Ésa es la frontera donde el cuento se sostiene. Durante un viaje a Guanajuato, Laura atraviesa un puente en Cuitzeo y la luz del mediodía se transforma en un umbral que la devuelve al sitio donde —según su memoria mítica— vivió durante la Conquista. Allí encuentra al guerrero indígena, herido y cansado por la guerra, cuya presencia desencadena la crisis del relato. La historia no explica este fenómeno, que transcurre con la naturalidad de las cosas que pertenecen al orden profundo del mundo, donde el tiempo no es lineal y las emociones conservan intacta su fuerza. La autora contrapone dos realidades: la vida moderna con Pablo, esposo celoso y desconfiado, y la vida ancestral vinculada al guerrero, cargada de tristeza y de sentido épico. Esa doble pertenencia se expresa en la incapacidad de Laura para explicar lo vivido y en la inquietud que su conducta despierta en la familia política. Más que sus palabras, son sus actos los que generan sospecha. Uno de los grandes aciertos del cuento está en el manejo de las voces. Nacha, la cocinera, funciona como el puente entre la realidad cotidiana y la dimensión mítica que Laura habita sin proponérselo. Su presencia aporta verosimilitud al relato y lo inscribe en una tradición en la que las confidencias femeninas iluminan lo que no se dice abiertamente. Desde la cocina, Laura reconstruye su doble vida: la del hogar moderno y la de un pasado que insiste en hacerse presente. Las imágenes del México antiguo —las calles de Tenochtitlan en llamas, los canales, los guerreros derrotados— aparecen entrelazadas con la ciudad moderna, sus taxis y sus costumbres. Garro las presenta no como alucinaciones, sino como memorias persistentes que se filtran en los resquicios del presente. La narración se sostiene en una ambigüedad deliberada: el cuento nunca aclara si Laura vive un desdoblamiento interior o si, en efecto, transita entre tiempos distintos. La culpa es de los tlaxcaltecas es uno de los relatos más importantes de la narrativa de Elena Garro, y su vigencia reside en su capacidad para mostrar que la historia no concluye, sino que persiste como una corriente subterránea que, de cuando en cuando, irrumpe en la vida cotidiana. Hoy, su lectura permite redescubrir la profundidad simbólica y emocional con la que la autora abordó el tiempo, la memoria y el destino. El cuento puede consultarse en la edición de Material de Lectura, Cuento Contemporáneo, No. 061, de la UNAM, en el siguiente enlace: https://materialdelectura.unam.mx/images/stories/pdf5/elena-garro-61.pdf