Estamos comunicados, pero ¿estamos conectados?

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Vivimos en una época paradójica: nunca habíamos tenido tantas posibilidades de comunicarnos y, al mismo tiempo, parece que cada vez nos cuesta más sentirnos verdaderamente conectados. Podemos saber en segundos dónde está alguien, qué está haciendo, qué comió, a dónde viajó o cómo celebró su cumpleaños. Podemos enviar un mensaje desde cualquier lugar, reaccionar a una fotografía, compartir un video o responder con un emoji. Estamos disponibles casi todo el tiempo. Sin embargo, estar disponibles no necesariamente significa estar presentes. Y quizá ahí se encuentra una de las grandes contradicciones de nuestra época. La comunicación se volvió inmediata, pero la conexión humana sigue necesitando tiempo. Necesita atención, interés, escucha y, sobre todo, disposición para encontrarnos con el otro más allá de una pantalla. Podemos tener cientos de contactos y no saber a quién llamar cuando algo nos duele. Podemos recibir decenas de felicitaciones el día de nuestro cumpleaños y sentir que pocas personas conocen realmente lo que estamos viviendo. Incluso podemos sentarnos a comer en familia mientras cada integrante observa una pantalla diferente. No se trata de responsabilizar a la tecnología. Las redes sociales, los mensajes instantáneos y las videollamadas han acercado familias, sostenido amistades a distancia y creado comunidades que antes difícilmente habrían podido encontrarse. El problema aparece cuando confundimos interacción con vínculo. Un “me gusta” puede expresar cercanía, pero no sustituye una conversación. Un mensaje puede hacernos sentir acompañados, pero hay momentos en los que necesitamos una voz. Y ninguna cantidad de seguidores garantiza que una persona se sienta vista, escuchada o importante para alguien. Desde la salud mental, la calidad de nuestros vínculos importa. Sentir que pertenecemos, que contamos con personas significativas y que podemos mostrarnos con cierta autenticidad forma parte de los recursos que nos ayudan a enfrentar momentos difíciles. Pero los vínculos no se construyen únicamente estando en contacto; se construyen estando emocionalmente disponibles. Tal vez por eso necesitamos recuperar pequeños actos que parecen sencillos: preguntar “¿cómo estás?” y esperar verdaderamente la respuesta; dejar el teléfono mientras alguien nos cuenta algo importante; llamar en lugar de reaccionar a una historia; sentarnos a conversar sin revisar constantemente las notificaciones. También necesitamos permitirnos algo que las redes sociales no siempre favorecen: mostrarnos incompletos. No siempre estamos felices, productivos, viajando, celebrando o cumpliendo metas. La vida real también tiene días ordinarios, pérdidas, dudas, cansancio y miedo. La conexión auténtica comienza muchas veces cuando dejamos de intentar parecer bien y encontramos un espacio donde podemos simplemente ser. Quizá el reto de nuestra generación no sea aprender a comunicarnos más. Eso ya lo hacemos extraordinariamente bien. El verdadero desafío será aprender a conectarnos mejor. Porque al final podemos estar a un mensaje de distancia de casi cualquier persona y, aun así, sentirla muy lejos. Tal vez hoy valga la pena preguntarnos algo sencillo: ¿a quién estoy siguiendo en una pantalla, cuando en realidad debería acercarme a preguntarle cómo está? ****Coordinadora del área de psicología infantil en CETYS y directora de psicología en el grupo médico MIVIDA