La violencia entre seres humanos no es una reacción puramente instintiva ni un destino inevitable. Para manifestarse necesita permisos sociales, condiciones de poder y medios que la hagan posible y que al mismo tiempo permitan soslayar o evadir responsabilidad. El siglo XXI no inventó la violencia, pero la volvió más accesible, rápida, visible y difícil de contener. Entre las condiciones que propician la violencia, y que exploraremos en este ensayo, destacan la inseguridad material, la transformación tecnológica y las disputas por el poder político y la interpretación de la realidad. Inseguridad material y cultural. Condiciones como la pobreza crónica, la precarización laboral, el endeudamiento y la pérdida de expectativas de bienestar, afectan a personas, familias, comunidades y regiones. Estas condiciones no se convierten automáticamente en nadie en violento, generan angustia y frustración que reducen la posibilidad de sobrevivir con cierta autonomía, confianza y expectativas de futuro. La migración forzada es otra expresión de esta inseguridad. Millones abandonan sus hogares por guerras, persecuciones, pobreza o desastres. Su llegada puede generar solidaridad, pero también xenofobia y discursos que los presentan como amenaza. La violencia no surge como posibilidad real solamente desde la pobreza y la marginación, sino también, y de manera predominante, contra quienes viven en estas condiciones. Ambientes afectados por la avaricia, donde se vulnera la dignidad humana, a través del racismo, la discriminación, la falta de vivienda, la educación o la salud son proclives a la violencia y sus consecuencias. Amartya Sen (2007) nos recuerda a este respecto que cada ser humano participa en Múltiples identidades. La violencia se facilita cuando una sola condición —ser pobre, migrante, indígena o extranjero— acaba imponiéndose y cubre por completa la cotidianeidad. Rita Segato (2018) acerca el tema de la violencia a las condiciones del siglo XXI, cuando identifica la presencia de “pedagogías de la crueldad”, es decir, procesos que enseñan a mirar el sufrimiento ajeno como espectáculo, entretenimiento, mercancía u oportunidad para demostrar poder. La exposición repetida a escenas de humillación, acoso, tortura o asesinato puede reducir la empatía y elevar el nivel de violencia en el tejido social. Manipulación y control de tecnologías digitales. Se acepta en general que desde finales del siglo XX y de manera cada vez más influyente, el Internet, las redes y plataformas digitales han ampliado y modificado la libertad de expresión, el acceso a la información y la capacidad de organización colectiva. En este proceso se convirtió la atención en un negocio y sus contenidos en entretenimiento favorables a la manipulación de emociones, conciencia y voluntad. Es decir, la violencia cuenta ahora con una enorme y dominante infraestructura virtual. Simplemente un insulto antes limitado a una discusión circunstancial ahora puede grabarse, editarse e incluso crearse, para compartirse millones de veces. La distancia física disminuye las inhibiciones; el anonimato y la aprobación del grupo diluyen la responsabilidad y facilitan el descontrol de las emociones. La violencia estimulada por los espacios de comunicación digital, nuevos o tradicionales, se convierte en catalizador para otras formas de violencia preexistentes. Segato (2018), por ejemplo, señala que algunas agresiones son “expresivas”: no buscan solamente dañar, sino comunicar dominio, impunidad y control. Mucha violencia ocurre entre personas unidas por afecto o dependencia. Esto se observa especialmente en la violencia contra las mujeres, los niños y las poblaciones marginadas o discriminadas por cualquier causa. El historiador y filósofo Achille Mbembe (2011) amplía estos conceptos añadiendo el de “necropolítica”. Estamos hablando de grupos sociales e intereses políticos que distribuyen desigualmente la protección y deciden, directa o indirectamente, qué poblaciones pueden ser expuestas al abandono, el encierro, el desplazamiento o la muerte, incluyendo el genocidio. En el siglo XXI esta lógica puede constatar en guerras y ocupaciones, pero también en periferias urbanas, rutas migratorias, cárceles y territorios sometidos a economías criminales. La violencia se normaliza cuando la vida humana y su dignidad acaban siendo menos valiosas o impunemente prescindibles. Lucha por el poder e interpretación de la realidad. En la actualidad, la disputa por el poder político está lejos de ser solamente para controlar gobiernos, presupuestos, leyes, tribunales o fuerzas de seguridad. El poder, apoyado en las tecnologías y ahora cada vez más en la inteligencia artificial, erige una moral global a conveniencia de sus dueños, busca decidir qué problemas existen, quiénes son sus responsables, a quién hay que culpar de lo que sea o de dejarlo en paz, qué fuentes merecen confianza, qué voces son escuchadas o excluidas y qué soluciones son legítimas. La propaganda tradicional pretendía que la población creyera una versión determinada. Hoy se persigue un objetivo diferente: hacer imposible saber qué creer. No se trata de demostrar que una versión es cierta, sino producir cansancio, incertidumbre, sospecha y cinismo, fortaleciendo así las posibilidades de comportamientos violentos. De este modo, quien consigue imponer una interpretación dominante de los acontecimientos, incluyendo desde luego el pasado histórico, obtiene ventajas para ejercer poder sobre otros, es decir, quien controla instituciones y los medios digitales del Siglo XXI, dispone de los recursos para hacer visible e imponer su interpretación. Desde la virtualidad digital, el poder se concentra en controlar voluntades, narrativas y decisiones, desde la intimidad personal hasta la escala global. La violencia a través de estos medios forma parte del dominio sobre poblaciones y recursos del sur global a nivel planetario. En suma. Las tres condiciones exploradas en este ensayo se refuerzan entre sí. La violencia deteriora la confianza, normaliza el acoso, fomenta la polarización, premia la simplificación mental, privilegia la emoción sobre la razón, nos separa de la lectura y la reflexión, nos vuelve unilaterales sustituyendo el debate por la descalificación. Intervenir para reducir la violencia significa actuar sobre los factores que la propician y no simplificar o encapsular su complejidad. Todo cambio comienza en nosotros mismos, pero no se limita ni termina ahí. Su efectividad implica modificar la percepción y conducta que presentamos a los demás. Tratar de aislarse o esconderse en el individualismo, pretendiendo autosuficiencia, es una de varias salidas falsas. No te salvas del tsunami porque tu atención está puesta en tomar selfis desestimando tu seguridad y la de los demás. Es por ello por lo que tratar de purificar la atmósfera tóxica de la comunicación humana, pasa por reducir nuestra producción de calificativos discriminatorios o raciales, y darle mayor espacio a la dignidad humana que es la misma para todos, así como a la tolerancia, el respeto y las oportunidades de convivencia. Es claro que la violencia verbal, una de sus formas más extendidas, no conduce necesariamente a la física, pero también es claro que el lenguaje agresivo y deshumanizante reduce las barreras morales y la dignidad que protegen a las personas. Es apenas un punto de partida, pero al menos tiene la fuerza de que lo que hagamos tiene que comenzar en nuestras personas. Esa es la mejor fuente y oportunidad de lograr cambios. Referencias: Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. (2025). Informe semestral de tendencias 2025. ACNUR. Appadurai, A. (2007). El rechazo de las minorías: Ensayo sobre la geografía de la furia (AE Álvarez Zapico & A. Maira Benítez, Trads.). Tusquets Editores. (Obra original publicada en 2006). Freire, P. (2022). Pedagogía del oprimido (J. Mellado, Trad.; 3.ª ed.). Siglo XXI Editores. Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (2022). Cambio climático 2022: Impactos, adaptación y vulnerabilidad. Prensa de la Universidad de Cambridge. Mbembe, A. (2011). Necropolítica (E. Falomir Archambault, Trad.). Melusina. (Obra original publicada en 2003). Organización Internacional del Trabajo. (2026). Tendencias sociales y del empleo 2026. OIT. Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. (2024). Informe sobre Desarrollo Humano 2023/2024: Salir del estancamiento. Reimaginar la cooperación en un mundo polarizado. PNUD. Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. (2024). Hechos frente a falsedades: Fortaleciendo la democracia a través de la integridad de la información. OCDE. Segato, RL (2018). Contrapedagogías de la crueldad. Prometeo Libros. Santos, B. de S. (2009). Una epistemología del Sur. Siglo XXI Editores. Sen, A. (2007). Identidad y violencia: La ilusión del destino (SM de Hagen & VI Weinstabl, Trads.). Katz Editores. (Obra original publicada en 2006). UNESCO. (2023). 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La elaboración de argumentos, revisión de contenido y fuentes, así como la versión final son responsabilidad del autor.