Lo que Jürgen Habermas no ve sobre la democracia estadounidense

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Por Cristophe Sente Desde la década de 1990, las intervenciones públicas de Jürgen Habermas han encarnado una conciencia europea cuya influencia y prestigio se extienden mucho más allá de Alemania. Desde entonces, sus escritos ya no se limitan a la figura principal de la Escuela de Frankfurt, reconocida por su teoría de la acción comunicativa. Menos pesimista que sus predecesores Adorno y Horkheimer, quienes analizaron las dimensiones totalitarias latentes de las sociedades modernas, Habermas se ha convertido en un filósofo comprometido con la construcción europea, un compromiso abiertamente político desde el Tratado de Maastricht. De esta manera, se alinea con los defensores de una Unión Europea supranacional al servicio de un proyecto democrático cosmopolita y la estabilización de las relaciones internacionales, sacudidas por el resurgimiento de los nacionalismos y la guerra, particularmente en los Balcanes en ese momento. El discurso público de Habermas en Múnich el 19 de noviembre de 2024 se distingue así de los comentarios mediáticos habituales dedicados a los cambios en los equilibrios globales tras la renovada victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales. El intelectual alemán incorpora a su análisis la evolución de la política estadounidense a lo largo de varias décadas. Dentro de esta trayectoria, identifica el auge de una corriente republicana encarnada por Newt Gingrich —mucho antes del surgimiento del Tea Party o MAGA— como un hito no menos significativo que las propias elecciones de Trump. La trayectoria política de George W. Bush tras el 11 de septiembre de 2001 y las debilidades de la política exterior de Barack Obama se presentan de forma similar. Sin embargo, aunque sutil en su método, el análisis reaviva una representación negativa de Estados Unidos típica de la izquierda europea en la década de 1970, especialmente durante la presidencia de Richard Nixon. Sin embargo, el análisis de Habermas se resiste a los términos simplistas del actual resurgimiento de la retórica antiimperialista, evidente en los círculos de izquierda europeos. En este punto, el intelectual alemán reconoce la evolución multipolar de las relaciones internacionales y las limitaciones que la nueva doctrina china de Xi Jinping impone a Estados Unidos, Asia y Europa por igual. Su argumento conserva su originalidad y matices al defender, desde una perspectiva europea, la complementariedad entre el fortalecimiento de la unificación política iniciada en Maastricht y la preservación de la alianza transatlántica. Asimismo, se abstiene de respaldar la tesis de una especie de alianza sagrada entre el republicanismo MAGA y los populistas de derecha europeos. Sin embargo, el matiz tiende a desvanecerse al abordar el carácter político de la presidencia de Donald Trump. Aquí, el discurso de Habermas converge con una crítica pesimista, incluso catastrofista, del futuro de la democracia estadounidense, que invoca eventos aislados como el asalto al Capitolio o la movilización de la Guardia Nacional sin analizarlos ni contextualizarlos. En este sentido, esta parte de su discurso se hace eco de las preocupaciones de otros observadores menos reconocidos que él en Europa, como Theda Skocpol, Daniel Ziblatt o Arthur Goldhammer. Los límites del fatalismo habermasiano Una característica inicial del fatalismo de Habermas reside en subestimar uno de los principales determinantes de la realidad estadounidense contemporánea: las próximas elecciones de mitad de mandato. Independientemente de la reconocida vehemencia de su discurso político público o de las aspiraciones cesaristas de una minoría de sus partidarios, el presidente estadounidense no cuestiona el proceso electoral dentro de un sistema multipartidista. Los resultados recientes en Florida y Nueva York sugieren que la alternancia entre los dos partidos tradicionales sigue siendo plausible, dado que las instituciones están intactas y la sociedad civil continúa dividida por divisiones históricas. De igual manera, el debate estadounidense no cuestiona el fundamento del sistema en la separación de tres poderes —un equilibrio que define al liberalismo—, sino que implica una interrogación jurídica de los términos de dicho equilibrio. Una segunda característica consiste en pasar por alto que la capacidad de Donald Trump para reunir una mayoría nacional aritmética, así como mayorías dentro de numerosos segmentos electorales, no es característica del Partido Republicano en su conjunto. La capacidad de síntesis y personificación del presidente contrasta con las profundas divisiones de una organización que abarca a defensores del gasto social y la orientación proteccionista; a los defensores de una nueva modernidad industrial e internacional; a los partidarios de un ejecutivo federal fortalecido; y a quienes favorecen una mayor autonomía para los estados federados. La unidad del Partido Republicano y su futuro electoral se ven puestos a prueba por la tentación de ampliar la representación de un electorado adinerado mediante la inclusión de ciudadanos sensibles a un laborismo conservador centrado en el empleo, el poder adquisitivo y el uso de las fronteras para contrarrestar la inmigración, las importaciones asiáticas y el narcotráfico. Este proceso guarda similitudes con el aggiornamento de las fuerzas de derecha en varios países europeos, incluido el Parlamento de Estrasburgo. Finalmente, si bien Habermas no se hace eco de los llamamientos de la izquierda española a la resistencia al imperialismo económico y militar, su presentación oscurece la innegable contribución de la administración estadounidense a la pacificación de las relaciones internacionales en diversas regiones del mundo. En el preciso momento en que Habermas pronunció su discurso en Múnich, Estados Unidos articulaba sus orientaciones de política exterior en términos de una actualización de la Doctrina Monroe, es decir, dentro de una tradición política nacional y no mediante una ruptura antiliberal. La primera aplicación de esta revivida Doctrina Monroe en Venezuela no cuestiona esta interpretación: la captura de Nicolás Maduro quizá no catalice la democratización del régimen, pero la apuesta estadounidense debería al menos poner fin a la dislocación del país y restaurar la economía nacional. En otras palabras, Habermas no toma debidamente en cuenta la naturaleza histórica de los debates estadounidenses, que nunca han cuestionado la democracia ni la república, sino que han buscado reequilibrar estas dos antiguas nociones dentro de un marco federal. En lugar de recurrir a los conceptos de populismo o iliberalismo —mal construidos a partir de préstamos de la ciencia política del siglo XX, si no de Joseph de Maistre—, Europa requiere un enfoque más empírico y sereno de las realidades estadounidenses, así como de las de Rusia o China. De lo contrario, el viejo continente seguirá siendo presa de los temores que alberga y de ideologías propias de su pasado. Al aceptar, en cambio, afrontar estas realidades estadounidenses y el desvanecimiento global de los sueños kantianos tan queridos por Habermas, los Estados miembros de la UE podrían lograr reconstruir la sólida y equilibrada alianza atlántica necesaria para garantizar una paz duradera con Rusia, un comercio justo con China, la contención de Irán y la seguridad de las rutas marítimas cerca de Groenlandia, entre otros temas urgentes de la agenda. ***Christophe Sente es miembro del Cevipol ( Centro de Estudio de la Vida Política ) de la Universidad Libre de Bruselas. Imagen: Hatem Arafa, Al-Firats