En 1886 el poeta y dramaturgo Irlandés Oscar Wilde publicó en la Pall Mall Gazette un texto breve titulado “Leer o no leer”. Ahí propone las tres clases de libros del titulo de este apunte. Decirle a alguien qué leer suele ser inútil o incluso dañino, agrega el poeta, porque la apreciación literaria depende más del temperamento que de la enseñanza. La sugerencia de fondo no es anti educativa, sino anti dogmática: Wilde desconfía de una pedagogía que sustituye el juicio propio por listas obligatorias. Esta idea tiene una larga e interesante historia. Por ejemplo, Francis Bacon (1561–1626), distingue entre libros que deben “probarse”, otros que deben “devorarse” y unos pocos más que deben “masticarse y digerirse”. Su clasificación no es idéntica a la de Wilde, pero comparte la idea de que no todos los libros merecen el mismo tiempo ni tipo de atención. Más cerca de nuestro tiempo, Gabriel Zaid, en Los demasiados libros, vuelve actual el problema: no sólo hay que saber leer, sino saber seleccionar en medio de una sobreabundancia editorial y cultural. La lección de Wilde, Bacon, Zaid y muchas otras personas, consiste en reconocer que leer no es consumir texto, sino formar criterio, siempre desde dentro y nunca por obligación. Esto significa hacer nuestra propia lista y revisarla de cuando en cuando. Educarnos para leer, incluyendo libros, en esta era digital, implica ayudarnos a distinguir entre lo que informa, lo que entretiene, lo que transforma y lo que simplemente ocupa tiempo. Leer bien no es leer mucho, sino leer con propósito y gusto, dando tiempo a dos complementos esenciales de toda buena lectura: reflexionar –equivalente a digerir– y conversar con los autores –a través de nuestras notas– y con otras personas acerca de lo que leemos: nada mejor que eso para realmente disfrutar la lectura. Un último pensamiento, ligado al tema educativo: hay métodos muy diversos que podemos adaptar y aplicar si es que queremos propiciar en nuestros estudiantes este hábito fundamental de la lectura. Los mejores son los que integran a la lectura la reflexión y la conversación, para crear el ambiente más favorable posible para disfrutar lo que la imaginación e inteligencia de tantos autores ponen a nuestro alcance. Referencias. Bacon, F. (1625/1908). Of studies. En The essays of Francis Bacon (M. A. Scott, Ed.). Charles Scribner’s Sons. Calvino, I. (1986). Why read the classics? Vintage International. Schopenhauer, A. (s. f.). On books and reading. Farnam Street. Séneca. (s. f.). Letters from a Stoic: Epistulae morales ad Lucilium. The Matheson Trust. Zaid, G. (1972). Los demasiados libros. Carlos Lohlé. https://desaprenderyaprender.com/