Miguel León-Portilla y la Antigua o Baja California

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Por María Teresa Uriarte Lo primero que viene a la mente cuando se habla de la extensa obra del doctor Miguel León Portilla, de inmediato se piensa en Visión de los vencidos, su libro traducido hasta al chino, o de su tesis de doctorado convertida en libro, La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes y decenas de libros más, pero poco se percata el lector que lejos del Corazón de Anáhuac, hay otras obras que también le robaron el corazón a nuestro insigne investigador. Me imagino que su pasión bajacaliforniana viene del descubrimiento o diría redescubrimiento de la obra del misionero jesuita Miguel del Barco. La publicación de ese libro, como de todas las obras que escribió, es producto de una serie de indagaciones en diversos sitios del planeta, visitando los más destacados archivos y bibliotecas que tuvieran material complementario. Así era don Miguel, no soltaba un tema hasta que lo tuviera completo desde su punto de vista. Así fue conmigo cuando tuve el honor de que dirigiera mi tesis de licenciatura que versó sobre las costumbres funerarias de la Baja California y que después se convirtió en libro, con una maravillosa presentación de mi maestro. Afable y gentil, como siempre fue, también era estricto en cuanto a sus demandas académicas, el suyo era un rasero bien alto y era un privilegio recibir su visto bueno para proseguir con los trámites necesarios para la titulación. Mi maestro me mandó que estudiara la obra de Fray Luis Sales, el dominico que estableció la misión de El Descanso, que está en la Antigua o Baja California. Es notable que esa división entre los dominicos y los franciscanos, que establecieron la misión de San Diego de Alcalá en la Alta California, marcara la frontera entre dominicos y franciscanos y que al final sería establecida como la frontera política entre Estados Unidos y México. Afable y gentil, como siempre fue, también era estricto en cuanto a sus demandas académicas En su obra El Camino Real y las misiones de la península de Baja California, da cuenta de todas las misiones que establecieron los jesuitas hasta su expulsión en 1768; de la única franciscana en la Baja California que es San Fernando Velicatá y la misión dominica de El Descanso que fundó, como lo dije, Fray Luis Sales. En su incansable afán por conocer a fondo la historia de Baja California, había publicado Cartografía y crónicas de la Antigua California, una obra magna en donde recoge todos los registros cartográficos sobre la región y, según sus palabras, “con el propósito central de reunir los testimonios de quienes descubrieron y exploraron la antigua California e hicieron posible la elaboración de una rica cartografía”. Una verdadera joya para entender el espíritu de aventura y conquista militar y espiritual de los antiguos pobladores de esta región, que, como podrá verse en sus incontables mapas, durante años se pensó que era una isla. Ese espíritu de aventura y entusiasmo lo transmite nuestro gran investigador a quienes nos adentramos en sus páginas. Así era él, capaz de trasmitir los sentimientos que encontró en Huehuehtlahtolli o en Trece poetas del mundo azteca, de la pasión por los datos históricos, de su rigor y disciplina académicos. Un hombre lleno de bondad, afable y sonriente, paseando por los pasillos de nuestra Facultad, la de Filosofía y Letras de la UNAM, su casa y mi casa, en donde tuve el privilegio de que mi camino se cruzara con el suyo, que fue amplio y luminoso y de que me contagiara de la pasión por nuestro pasado indígena, de Mesoamérica o de Aridoamérica, un maestro excepcional, que me tocó por suerte conocer y tenerlo como mentor.