Hay un famoso experimento psicológico que llevaron a cabo un grupo de investigadores de marketing allá por los años setenta del siglo pasado. Siguieron la evolución de una serie de personas que habían comprado un determinado modelo de coche. Observaron que, después de decidirse, buscaban y se detenían en todas las informaciones que leían relacionadas con los beneficios de esa marca concreta. Y pasaba por alto las malas críticas. Lo que dedujeron estos investigadores es que, una vez decididos por una opción, a nuestra mente le cuesta que le lleven la contraria. Lo que quiere es ver que ha acertado en sus decisiones y se hace difícil admitir que ha fallado. Un siglo antes, estas ideas ya las asumía uno de los grandes pensadores que dio el siglo XIX, Friedrich Nietzsche. El filósofo alemán (en aquellos momentos, Prusia) quitó la máscara a muchos de los hábitos de la sociedad de su tiempo. Puso ante el espejo de la lógica la moral, la religión y, en general, la forma de ser occidental. VIVIR DE NUESTRAS ILUSIONES Provocador como era, uno de los aspectos que comprobó en propias carnes es que a la gente le cuesta aceptar ideas nuevas que chocan con las suyas. “Ya no valoramos las opiniones diferentes, simplemente las odiamos”, aseguraba Nietzsche. Lo supo plasmar muy bien en una de sus obras más célebres, Más allá del bien y del mal, de 1886. Es este contexto que se le atribuye otra frase famosa: “A veces la gente no quiere escuchar la verdad porque no quiere que sus ilusiones se destruyan”. No es literal, sino una traslación de algunas de las ideas que expresa en este libro y que recuperaría en algunos ensayos posteriores. Si piensas que estas palabras salen del hombre que les soltó a sus conciudadanos que “Dios ha muerto”, no nos puede extrañar la reflexión. Nietzsche asumió que la gente no quiere que sus ilusiones se destruyan. Quien dice ilusiones dice creencias, fe, esperanza. “Tenemos el arte para no morir ante la verdad”, subrayaba, como queriendo indicar que nos aferramos a historias para no ceder ante la lógica del miedo a lo desconocido. El filósofo diría que vivimos rodeados de este tipo de ilusiones: sobre quiénes somos, lo que valemos, lo justas que son nuestras creencias o lo estable que es el mundo. Sostiene que lo que llamamos “verdad” no son más que metáforas y acuerdos sociales. EL DIFÍCIL ARTE DE ESCUCHAR Me imagino que hablar con Nietzsche debía ser, hoy igual que ayer, un reto demoledor. Alguien que te quita el suelo bajo tus pies y te deja colgando. ¿Cómo reaccionaríamos? Muy probablemente tratándolo de radical o excesivo. Escuchar con atención y con ganas de cambiar de opinión no es fácil. Él mismo se dio cuenta de que hay que tener mano izquierda para plantear tus argumentos y evitar un rechazo de plano. “La mayoría de las veces llevamos la contraria a una opinión, siendo así que, en realidad, el tono en el que se expone es lo que no nos es simpático”, decía. La gente no busca conversar e intercambiar opiniones. “La gente lo que quiere es convencer al otro”, aseguraba en Cuepromente el también filósofo José Carlos Ruiz. Cuando Nietzsche nos habla de “no querer escuchar la verdad”, su idea se amplía a todo aquello que cuestiona nuestra propia imagen: que no somos tan buenos como creíamos, que nuestras opiniones no son tan objetivas o que nuestra vida podría estar construida sobre expectativas fracasadas. HOY SEGUIMOS IGUAL QUE AYER Piénsalo en ejemplos muy del día a día que podemos haber vivido en nosotros mismos o una persona cercana: alguien que insiste en que su pareja “en el fondo va a cambiar” aunque las pruebas digan lo contrario. O quien prefiere no mirar la cuenta del banco para no enfrentarse a la realidad de sus gastos. No es que no sepan que hay un problema; es que no quieren verlo del todo. Nos aferramos a un optimismo. Y ojo, que no estamos diciendo que el optimismo sea malo. Los psiquiatras, psicólogos y filósofos avalan tener un grado de optimismo como un punto mentalmente saludable. Lo que no se puede es tener un optimismo irracional, fuera de toda lógica. Hay que valorar las opciones de un modo realista. En el ámbito social, la situación es igualmente preocupante. Como no nos gusta el mundo actual, nos aferramos a soluciones fáciles de líderes extremistas que nos evitan cuestionarnos problemas mayores. Y los más moderados no votamos al partido contrario, como mucho dejamos de votar a nuestra opción habitual abochornados por la decepción que provocan sus dirigentes. Todo esto te lo explica ahora con más detalle la teoría de la disonancia cognitiva, que postuló el psicólogo Leon Festinger. Explica que cuando una información choca con nuestras creencias, sentimos incomodidad y tendemos a minimizarla, justificarla o, directamente, ignorarla.