Dice el secretario de Salud que “no hay motivo de alarma” por el brote de sarampión en Chiapas. Que los casos están controlados, que nadie ha sido hospitalizado y que basta con “insistir en la vacunación”. Pero los hechos desmienten el discurso. En un solo día, Chiapas registró 45 casos nuevos y 64 acumulados, lo que obligó a las propias autoridades estatales a exhortar a suspender eventos masivos para los próximos tres meses. El brote se concentra en San Cristóbal de las Casas, Tuxtla Gutiérrez, Chamula y Comitán, regiones con alta vulnerabilidad social y acceso limitado a servicios de salud. Y el dato más contundente: 97% de los casos no estaban vacunados. Eso no es casualidad. Es la consecuencia directa de años de rezago en vacunación, de coberturas insuficientes y de una estrategia tardía y fragmentada. Aquí no falló la población. Falló el Estado al no prevenir, al no coordinar y al no ejercer su autoridad sanitaria cuando todavía era posible contener el brote sin afectar la vida comunitaria ni la economía local. Y Chiapas no está aislado del resto del país. México acumula 5,860 casos confirmados de sarampión y 24 defunciones. Hoy concentramos 40.8% de todos los casos del continente americano. Si “todo está bajo control”, ¿cómo se explica que lideremos el brote en América? Minimizar un brote altamente contagioso, prevenible y con transmisión aérea no es prudencia: es irresponsabilidad sanitaria.