Por Donald J. Boudreaux Escuché por primera vez los nombres de Adam Smith y John Maynard Keynes cuando cursaba el segundo año de preparatoria. Mi profesor anunció, como si se tratara de un hecho tan firme como cualquier ley de la termodinámica, que la Gran Depresión fue causada por las políticas de laissez-faire defendidas por Smith, y que la salvación llegó de la mano de las ideas más científicamente sólidas de Keynes, ideas aplicadas con pericia por Franklin Roosevelt. «Las depresiones son cosa del pasado», proclamó mi profesor. «Keynes nos enseñó cómo evitarlas». «¡Genial!», recuerdo haber pensado, con todo el alivio que un joven de 15 años puede reunir ante asuntos así. Siete años después me gradué de la universidad con un título en Economía. Para entonces ya había aprendido que la historia que enseñaba mi profesor de preparatoria era un disparate. La Gran Depresión no fue un fracaso del capitalismo ni de las ideas de Adam Smith. En cambio, fue causada principalmente por la insensatez de la Reserva Federal al permitir que la oferta monetaria se redujera en más de un tercio. Además, la recesión se prolongó por las intervenciones económicas sin precedentes de Herbert Hoover y de FDR. (Solo años después supe que Keynes se opuso con buen criterio a la mayoría de esas intervenciones). Sin embargo, tuve la buena fortuna, al inicio de la universidad, de toparme con un curso de economía impartido por un profesor inspirado e inspirador. De no haber sido así, probablemente hasta hoy creería que las ideas de libre mercado de Adam Smith son erróneas y que la intervención activa del gobierno es necesaria para mantener las economías estables y en crecimiento. Y cualquier candidato a un cargo público que afirmara lo contrario no habría tenido ninguna posibilidad de ganarse mi voto. Obviamente, nuestras creencias sobre el pasado ejercen una influencia enorme en la manera en que interpretamos los acontecimientos y las políticas económicas actuales. El exsenador estadounidense Phil Gramm, él mismo un destacado economista profesional, y yo escribimos nuestro nuevo libro The Triumph of Economic Freedom con el propósito explícito de cuestionar lo que consideramos los siete mitos más peligrosos de la historia económica estadounidense. Nuestro desafío a estos mitos adopta, en su mayor parte, la forma de confrontarlos con hechos históricos directos. Los mitos que abordamos no son el resultado de sutiles diferencias en la interpretación de hechos conocidos y aceptados por todos. Por el contrario, surgen de una ignorancia sorprendente de realidades empíricas básicas y claras. Considérese lo que llamamos «el mito del Génesis», según el cual la Revolución Industrial que comenzó en Gran Bretaña en el siglo XVIII enriqueció a los dueños de las fábricas empobreciendo a los trabajadores industriales. Aunque los historiadores económicos discrepan sobre el momento exacto en que los salarios reales de los trabajadores comunes comenzaron a aumentar, pocos dudan de que para la década de 1840 esos salarios ya avanzaban de manera permanente al alza, y no poca evidencia respalda la proposición de que estos incrementos salariales comenzaron varias décadas antes. Por poco atractivos que nos parezcan hoy esos empleos fabriles de comienzos del siglo XIX, resultaban bastante atractivos para los trabajadores británicos que los buscaban. Lo mismo ocurre con la propia Revolución Industrial de Estados Unidos, la llamada «Edad Dorada». A los escolares estadounidenses se les enseña que el último tercio del siglo XIX vio a John D. Rockefeller y a otros «barones ladrones» elevar los precios a niveles extorsivos, envenenar a los consumidores con alimentos insalubres, suprimir los salarios hasta niveles de miseria y hacer trabajar a sus empleados como esclavos. Sin embargo, pese a que sigue siendo un elemento habitual en los libros de texto estadounidenses y en los medios populares, este relato es falso. Esta época fue testigo de un notable crecimiento económico en Estados Unidos, crecimiento que fue compartido por los estadounidenses comunes. Aunque la población del país casi se duplicó entre 1865 y 1900, el PIB real per cápita se disparó un 83 % y las ganancias reales anuales de todos los trabajadores no agrícolas aumentaron un 62 %. El incremento del salario real promedio por hora de los trabajadores manufactureros fue especialmente impresionante: como encontró el economista Lawrence Officer, saltó un 158 % entre 1865 y 1905. Al amanecer del siglo XX, los estadounidenses comunes contaban con más y mejores alimentos, vivienda, vestimenta y ocio que sus padres tres décadas antes. Ningún mito, sin embargo, se cierne hoy tan grande y ominosamente como el que insiste en que la economía industrial y la clase media de Estados Unidos han sido «vaciadas» durante el último medio siglo por la globalización. A los estadounidenses se nos dice sin cesar que, a partir de mediados de la década de 1970, la industria del país comenzó a trasladarse al extranjero a medida que el comercio se liberalizaba, una defenestración figurada de la economía estadounidense que solo se aceleró con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) de 1994 y con la entrada de China a la OMC en 2001. Y, sin embargo, toda la evidencia contradice esta afirmación. La producción industrial de Estados Unidos se encuentra hoy en un máximo histórico, al igual que su capacidad industrial. Lo mismo ocurre con los salarios reales (incluidos los de los trabajadores de producción y no supervisores) y con el patrimonio neto real del hogar estadounidense promedio. En nuestro libro, el senador Gramm y yo presentamos hechos claros y contundentes frente a estas y otras afirmaciones populares sobre la historia estadounidense, tanto lejana como reciente. Estos hechos, creemos, dejan en evidencia que dichas afirmaciones son falsas. Y exponer afirmaciones falsas es un paso importante para reducir las probabilidades de que se adopten políticas destructivas. The Triumph of Economic Freedom es publicado por Rowman & Littlefield. *****Donald J. Boudreaux es investigador principal del Programa F.A. Hayek de Estudios Avanzados en Filosofía, Política y Economía del Mercatus Center de la Universidad George Mason, miembro del Consejo del Mercatus Center y profesor de Economía y ex director del Departamento de Economía de la Universidad George Mason.