Durante siglos, la relación de los seres humanos con los animales se ha construido desde la utilidad: alimento, trabajo, experimentación, espectáculo. Sin embargo, esa forma de vida comienza a ser cuestionada desde la ciencia, la filosofía y la ética. Hoy sabemos que los animales no humanos sienten dolor y placer, tienen memoria, pueden aprender y son capaces de tomar decisiones. Esa capacidad tiene un nombre: sintiencia. Reconocerla implica otorgarles un estatus ético, explicó Beatriz Vanda Cantón, profesora de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM y especialista en bioética animal o zooética. En entrevista, subrayó que los avances en la reflexión filosófica y en las ciencias neurofisiológicas, desde mediados del siglo XX, han transformado la manera en que entendemos a otras especies y han impulsado legislación protectora en diversos países. De la filosofía a la ciencia La idea de que los animales deben ser sujetos de consideración moral no es nueva. Desde la década de 1960, algunos filósofos comenzaron a sostener que tanto el ambiente como los animales debían formar parte de la deliberación ética. En 1975, el filósofo australiano Peter Singer publicó Liberación animal, una obra que marcó el inicio de la bioética aplicada a los animales y abrió un debate que más tarde se trasladó a la biología y a la medicina veterinaria. En México, este proceso tuvo una ruta particular. Antes de que la academia adoptara el concepto de bioética animal, fueron las sociedades protectoras las que impulsaron la reflexión, muchas veces sin nombrarla así. “Consideraban que otras especies merecían un trato amable, que no debían ser maltratadas ni explotadas como objetos”, señaló Vanda Cantón. Con el tiempo, esa visión fue retomada y formalizada desde la investigación universitaria. No sólo perros y gatos La bioética animal no se limita a las especies más cercanas a la vida cotidiana. Incluye a los animales de compañía, como perros, gatos, loros, conejos o hurones, pero también a los que viven en granjas —vacas, cerdos, pollos—, a los utilizados para el trabajo, como burros y caballos, a los criados en laboratorios, y a los empleados en industrias de pieles o espectáculos. Desde esta perspectiva, resulta irracional —planteó la especialista— proteger y amar a unas especies mientras otras son explotadas o sacrificadas sin cuestionamiento. Todos los vertebrados, es decir, los animales con cerebro, médula espinal y sistema nervioso central, son seres sintientes y comparten capacidades fundamentales. El cambio cultural Para avanzar hacia una relación más respetuosa con los animales, Beatriz Vanda Cantón propuso comenzar por el veganismo: dejar de consumir alimentos de origen animal. Migrar a formas de vida más conscientes no es una utopía, afirmó, aunque reconoció que no es sencillo. Existen intereses económicos profundamente arraigados, como la industria de la carne, la cría y venta de animales, y los espectáculos que utilizan animales, desde corridas de toros y carreras de caballos hasta actividades acuáticas con delfines, focas y lobos marinos. Estos sectores dificultan la transformación de prácticas normalizadas durante generaciones. Ética animal y crisis ambiental La reflexión ética sobre los animales también tiene implicaciones ambientales. Para sostener la ganadería extensiva se destruyen selvas, bosques, manglares y pastizales, lo que provoca devastación ecológica y pérdida de hábitats. Además, las vacas y toros liberan gas metano —un contaminante atmosférico— y sus desechos generan sulfuros perjudiciales para el ambiente. Desde esta perspectiva, el costo de consumir productos cárnicos va más allá del precio en el mercado. Comer una hamburguesa o un bistec implica una huella ecológica considerable: alto consumo de agua, erosión del suelo y un impacto ético que suele pasar inadvertido. Repensar la relación con los animales no significa idealizarla, sino asumirla con responsabilidad. La ciencia y la ética coinciden cada vez más en un punto: cambiar la forma en que convivimos con otras especies no es una fantasía moral, sino una decisión que define el tipo de sociedad que estamos dispuestos a construir.