Los impuestos a través de su historia

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Por David López Cabia La declaración de Renta, el IVA, el Impuesto sobre Sociedades… A día de hoy son muy diversos los impuestos que empresas y ciudadanos deben pagar. De hecho, los impuestos se ven como algo habitual. Sin embargo, convendría recordad cuáles son los orígenes de esta realidad cotidiana. La necesidad del hombre de organizarse y vivir en sociedad se encuentra en la génesis de los impuestos. Ya en el Antiguo Egipto, hace nada más y nada menos que 5.000 años, los gobernantes cobraban impuestos a sus súbditos a cambio de proporcionarles una serie de servicios públicos. En cualquier caso, los impuestos siempre han sido objeto de debate y de polémica. Algunos han provocado más que protestas, pues han traído consigo levantamientos y guerras. Tomemos como ejemplo el aumento de impuestos por parte del gobierno británico a las Trece Colonias en el siglo XVIII. El hecho de tener que pagar impuestos y no tener representación parlamentaria terminaría siendo una de las grandes causas de la guerra de la independencia de los Estados Unidos. Pues bien, para conocer el origen de los impuestos, su evolución a través de las grandes civilizaciones y los impuestos más insospechados, en Economipedia os invitamos a un viaje a través de la historia. Grecia Ya en la península Helénica surgen las primeras ciudades estado y con ella una de las primeras civilizaciones en cobrar impuestos a sus ciudadanos. Es más, en la antigua Grecia solo eran considerados ciudadanos quienes contribuían al sostenimiento de los gastos sociales con su patrimonio. Tampoco hay que olvidar que los griegos fueron una de las civilizaciones más destacadas en el comercio. Así, esta actividad económica terminó convirtiéndose en una fuente de ingresos públicos, pues se establecieron aduanas. Si bien es cierto que la mayor parte de los ingresos públicos procedían de las aportaciones del patrimonio real, esto no era suficiente para cubrir todos los gastos públicos. Se demandaban obras públicas, había que sufragar los eventos religiosos, costear la celebración de las fiestas y mantener limpias las calles. De ahí que los griegos establecieran impuestos indirectos que recaían sobre el consumo de las familias. Igualmente, en Grecia también surge algo muy similar a lo que hoy en día podría ser Hacienda. Es el caso del Tesoro de Delos, que terminó trasladándose a Atenas. Inicialmente, este Tesoro se ocupaba de conseguir ingresos para financiar un ejército y una armada. Sin embargo, con el tiempo también recaudó impuestos para financiar construcciones tan emblemáticas como el Partenón. El Estado no solo recaudaba unos ingresos públicos, sino que también ejercía una función de distribución de la riqueza. En este sentido, los ciudadanos más acaudalados, al acudir a ciertos eventos festivos, debían hacer una contribución. Esto, para que los más desfavorecidos también pudieran asistir a los espectáculos. La naturaleza de los impuestos se basa en las contrapartidas, es decir, se paga una cantidad determinada al Estado a cambio de recibir una serie de prestaciones públicas. Así, en Grecia, los ingresos públicos se utilizaban para financiar la sanidad y la educación, por lo que los sueldos de médicos y profesores eran sufragados por el Estado. Roma Sin duda, la administración romana destaca por el importante papel de su Hacienda Pública. Precisamente, en este sentido, cabe destacar el rol de los cuestores, que desempeñaron una tarea clave a la hora de recaudar impuestos. Las famosas legiones romanas cosecharon numerosas victorias y con ellas aumentó el territorio controlado por Roma, lo que permitió a su hacienda conseguir importantes ingresos gracias al arriendo de las tierras conquistadas y también gracias a los botines de guerra. Entre los impuestos más destacados de la civilización romana se encuentran los impuestos territoriales, que dependían de la valoración de los bienes inmuebles. También merecen mención los portazgos, que eran tributos que permitían el acceso a determinadas ciudades o los pontazgos, que al abonarlos otorgaban el derecho a pasar por un puente. Incluso la venta y liberación de esclavos estaba sujeta al pago de impuestos. La Edad Media Si hay un fenómeno que caracteriza a la Edad Media, ese es el feudalismo. A través del vasallaje, los campesinos obtenían protección a cambio de prestar una serie de servicios (militar, mantenimiento de fortalezas, etc) y del pago de unas rentas que solían abonarse en especie (por ejemplo, una parte de la cosecha). Sin embargo, los derechos de nobles y reyes iban más allá de la agricultura, pues quienes desempeñasen actividades comerciales y artesanales debían pagar las denominadas regalías. Como indicábamos anteriormente, los impuestos podían provocar levantamientos y guerras, por lo que, en ciertas ocasiones, los monarcas consultaban con sus súbditos el establecimiento de un impuesto. El origen del Presupuesto Público y la Edad Moderna Las fuertes cargas tributarias que Castilla tuvo que soportar durante el reinado de Carlos I fueron una de las grandes causas que motivó el levantamiento de los comuneros. Fue aquí donde surgieron las Cortes, en las que estaban representadas las distintas ciudades. A través de las Cortes, el pueblo podía oponerse al establecimiento de impuestos. De hecho, los monarcas y las Cortes mantuvieron fuertes disputas y se hizo necesario alcanzar acuerdos. Para hacer posible un consenso, estos acuerdos se plasmaron en documentos escritos que vienen a ser un origen de lo que actualmente conocemos como presupuesto público. A través de estos documentos se reflejaban las previsiones de gastos e ingresos del Estado. Sin embargo, los impuestos directos parecían limitarse principalmente a impuestos sobre las tierras. Esto hacía de los impuestos directos una fuente de ingresos insuficiente. Para ello se establecieron nuevos impuestos indirectos y se creó el papel timbrado, que se abonaba por los documentos oficiales. Incluso se gravó con impuestos el tabaco, la sal, el plomo y las loterías. Los impuestos más extraños de la historia No pagar impuestos en el Antiguo Egipto era algo que podía suponer enfrentarse a torturas o incluso la muerte. Para ello, los egipcios disponían de un nutrido cuerpo de escribas que se encargaba del control del pago de impuestos. Resulta especialmente llamativo que estuviese prohibido reciclar el aceite en el Antiguo Egipto. Y es que el faraón tenía el monopolio del comercio del aceite, por lo que todos los súbditos tenían el deber de adquirir el aceite del monarca. En caso de ser descubiertos reciclando aceite, debían pagar el correspondiente impuesto. Como anteriormente señalábamos, los impuestos estaban muy presentes en la sociedad romana. Es curioso que la orina, empleada en actividades de lavandería para blanqueamientos y también para curtir pieles, fuese objeto de tributación. Así pues, el emperador Vespasiano decidió establecer un impuesto a la orina. Algo tan banal como llevar barba pasó a ser fuente de ingresos públicos para monarcas como Enrique VIII de Inglaterra y Pedro I de Rusia. En el caso del monarca inglés, se pretendía que la barba fuese sinónimo de distinción y de posición social, mientras que lo que Pedro I de Rusia (con un impuesto de 100 rublos anuales) pretendía era cambiar la apariencia de sus súbditos, de modo que su estética se asemejase a la de los hombres de Europa occidental. La historia no deja de sorprendernos y allá por el año 1696, en Gran Bretaña se implementó un impuesto por superar un determinado número de ventanas. Por tanto, a mayor número de ventanas, mayor era la cantidad de impuestos a pagar. En vista de aquella situación, fueron muchos los que optaron por tapar ventanas. La pobre ventilación de muchas viviendas británicas fue desastrosa, facilitando la expansión del tifus y el cólera. Finalmente, hacia 1851, se eliminó esta absurda medida fiscal. Ahora bien, la peculiaridad de ciertos impuestos no se limita a un pasado lejano. Para ello basta con echar un vistazo tan solo unos años atrás, cuando ciertos países de la Unión Europea implementaron un impuesto a las flatulencias emitidas por las vacas. Según estudios, el metano que desprenden los gases de las vacas ejerce un efecto muy perjudicial sobre el calentamiento global. Por este concepto, la hacienda danesa llega a ingresar hasta 110 dólares por las flatulencias que emite cada vaca.