Tokio, Japón, septiembre 7.- Una divisa en mínimos de cuatro décadas, una intervención coordinada con Estados Unidos y un mercado de deuda que comienza a exigir una mayor rentabilidad al Tesoro japonés, obligan a despedir unas bajas tasas de interés. Durante años, Japón fue la excepción dentro de la política monetaria internacional. Mientras otros bancos centrales subían los tipos de interés para contener la inflación, el Banco de Japón mantuvo el coste del dinero intacto en niveles inferiores al 0%. El objetivo era combatir la deflación, impulsar el crecimiento y conseguir que los precios y los salarios avanzasen de forma sostenida. La situación ha cambiado en los últimos meses. El tipo de interés de depósito ya se sitúa en el 1% y los operadores de renta fija descuentan con una probabilidad superior al 97% que el Banco de Japón los vuelva a elevar en su reunión del 18 de septiembre. De darse este cambio de 25 puntos básicos, la tasa de referencia se situaría en el 1,25%, pero no se queda la cosa ahí, los inversores comienzan a pensar que podría haber otro ajuste antes de final de año. De Abenomics a la normalización monetaria El posible movimiento de septiembre representa un nuevo paso en el proceso de retirada de la política monetaria asociada a la Abenomics. Esta estrategia, impulsada por Shinzo Abe a partir de 2013, combinó estímulos fiscales, reformas económicas y una expansión monetaria de gran magnitud para sacar a Japón de un prolongado periodo de estancamiento y deflación. El Banco de Japón redujo los tipos de interés hasta terreno negativo, compró grandes cantidades de deuda pública y estableció un sistema de control de la curva de tipos. Mediante este último mecanismo, la institución intervenía en el mercado para evitar que la rentabilidad de los bonos superase determinados niveles. El resultado fue un coste de financiación muy reducido para el Estado y una remuneración limitada para los ahorradores. La retirada de estas medidas comenzó en 2024, cuando el banco central abandonó los tipos negativos. Desde entonces, la institución ha avanzado con prudencia, elevando el precio del dinero a un ritmo aproximado de dos veces al año. Sin embargo, las presiones inflacionistas y la debilidad del yen han acelerado las expectativas de normalización. La depreciación de la moneda japonesa se ha convertido en uno de los principales desafíos para las autoridades. Un yen débil favorece a las empresas exportadoras, ya que aumenta el valor en moneda local de sus ingresos procedentes del exterior. Sin embargo, también encarece las importaciones de energía, alimentos y materias primas, reduciendo el poder adquisitivo de los hogares y elevando los costes de producción de las empresas. La moneda llegó a aproximarse a los 164 yenes por dólar, su nivel más bajo en cuatro décadas. Ante la intensidad del movimiento, a finales de julio, Japón y Estados Unidos realizaron una intervención conjunta mediante la compra de yenes. La operación contó con la participación de las autoridades estadounidenses y reflejó la preocupación por que las ventas de la divisa y de los bonos japoneses pudieran extenderse a otros mercados financieros. La intervención consiguió fortalecer el yen de forma inicial, pero su efecto fue limitado. La divisa regresó después a niveles próximos a las 160 unidades por dólar. Este comportamiento ha reforzado la percepción de que las operaciones en el mercado de divisas pueden contener movimientos bruscos, pero no eliminan las causas que explican la depreciación. Entre esas causas se encuentra la diferencia entre los tipos de interés de Japón y los de otras economías. Mientras los activos denominados en dólares ofrecen una remuneración superior, los inversores mantienen incentivos para financiarse en yenes y dirigir el capital hacia mercados con mayores rentabilidades. El cambio de escenario se observa también en la deuda pública. La rentabilidad del bono japonés a diez años ha alcanzado el 3% por primera vez desde 1996. Este movimiento responde a las expectativas de subidas de tipos, al aumento de la inflación, a la depreciación del yen y a las dudas sobre la evolución de las cuentas públicas. Su importancia es mayor en una economía que mantiene uno de los niveles de deuda pública más elevados del mundo y que, durante años, ha podido financiarse a un coste muy reducido. La reunión de septiembre permitirá conocer hasta qué punto el Banco de Japón está dispuesto a acelerar la normalización de su política monetaria. Tras más de una década intentando generar inflación, el desafío ha cambiado: contener las presiones sobre los precios, estabilizar la moneda y gestionar el aumento del coste de financiación sin provocar movimientos desordenados en los mercados.