Madrid, España, abril 29.- El precio del petróleo acumula ya varias semanas bien por encima de la zona de los 90 dólares por barril. El litro de gasolina, diésel o queroseno se ha disparado, lo que está llevando a los consumidores a modificar sus patrones de consumo, por ahora, de forma temporal. El mercado suele 'autorregularse', precisamente, a través de los precios. Cuando estos suben mucho, se produce lo que se conoce en jerga económica como destrucción de demanda (se reduce la demanda para encontrar un nuevo punto de equilibrio con la oferta), una fase en la que se encuentra ahora el petróleo. Los expertos creen que, si esta fase se prolonga, el mercado de petróleo podría sufrir cambios permanentes. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) ya lo advertía en su último informe publicado hace dos semanas, en el que señalaba, tras recortar drásticamente sus previsiones de demanda, que "la destrucción de demanda se extenderá a medida que la escasez y los precios más elevados persistan". Lo cierto es que la escasez y los altos precios están persistiendo. Sin ir más lejos, este mismo martes, el precio del futuro del barril de Brent cotiza en 104 dólares con una subida diaria que supera el 2%. Los expertos empiezan a temer que la prolongación del colapso del Estrecho de Ormuz cambie el mercado de petróleo para siempre. Cuanto más se prolongue el conflicto, mayores serán las probabilidades de que estos cambios se materialicen, a medida que se acumulen los barriles perdidos. Según revelan desde la agencia Bloomberg ya se podrían haber perdido hasta 1,000 millones de barriles de oferta, algo "prácticamente garantizado", al tiempo que ya se está destruyendo demanda a gran escala en Asia. Sin embargo, esta destrucción se está extendiendo por el mundo de forma lenta, silenciosa pero constante, a medida que los gobiernos están a punto de agotar las reservas de petróleo almacenadas que estaban utilizando para amortiguar el impacto de la pérdida de suministro de Oriente Medio sobre los precios. Goldman Sachs ya vaticina que el precio del crudo alcanzará los 120 dólares por barril a finales de año, mientras que el combustible de aviación se agota poco a poco. Destrucción de demanda en el petróleo De este modo, el crudo está entrando en una fase conocida como destrucción de demanda que lleva a los consumidores a reducir su consumo de todos los derivados del crudo. Si la situación se prolonga, el mercado podría sufrir un cambio permanente a medida que los consumidores empiezan a reconsiderar sus decisiones de consumo y apuestan por opciones menos intensivas en petróleo y gas de forma permanente. Las familias podrían estar ya incluso adelantando decisiones como la compra de un coche eléctrico, la instalación de paneles solares y otras opciones que reducirán su consumo de combustibles fósiles de por vida. Esto ha sucedido en más ocasiones a lo largo de la historia y, habitualmente, ha culminado en una mejora de la eficiencia en el consumo de crudo y en una moderación del crecimiento estructural de la demanda del mismo. "Además del impacto inmediato de la guerra, el fuerte encarecimiento del petróleo actúa como principal motor de la destrucción de demanda, especialmente en los países de la OCDE, donde la traslación a los precios minoristas de los combustibles ya está muy avanzada. A ello se suma un entorno económico más débil, con un crecimiento del PIB mundial previsto del 3% para 2026 en nuestras estimaciones, frente al 3,4% contemplado el mes pasado", señalaba la AIE en su informe de abril. "Hasta hoy, hemos perdido 13 millones de barriles diarios de petróleo... y existen importantes disrupciones en materias primas clave", afirmaba a la CNBC a comienzos de mes el secretario general de la AIE, Fatih Birol. "Nos enfrentamos a la mayor amenaza para la seguridad energética de la historia", añadía este experto. El argumento de la transición energética ha salido reforzado por la crisis del petróleo, como señaló el propio Birol a The Guardian más tarde: "La percepción del riesgo y de la fiabilidad va a cambiar. Los gobiernos revisarán sus estrategias energéticas. Habrá un impulso significativo a las energías renovables y a la nuclear, y un avance hacia un futuro más electrificado". Según explicó, esto se traducirá en una pérdida de demanda de petróleo de carácter permanente. Muchos se muestran escépticos ante este escenario, puesto que otros países pueden amortiguar parte del golpe, como es el caso de Argentina o Brasil. Sin embargo, la magnitud de la pérdida de suministro sugiere que los países importadores harán todo lo posible para evitar tensiones de abastecimiento, incluyendo la expansión de la energía eólica y solar, pese a sus limitaciones, que han hecho que sigan representando una parte minoritaria del suministro energético primario global, aún dominado por los hidrocarburos, incluido el carbón. Precisamente, el carbón se ha convertido en otro de los grandes beneficiados de la crisis, junto con las fuentes alternativas de electricidad. En un giro irónico, los países importadores que no pueden permitirse seguir comprando gas natural licuado (GNL) a precios superiores a los del gas de Catar han optado por el carbón. Es barato, está mucho más disponible que el gas licuado y es abundante. Economías desarrolladas como Japón y Corea del Sur están aumentando el uso de generación eléctrica con carbón, mientras que países en desarrollo como China, India, Bangladesh y gran parte del sudeste asiático dependen aún más de este combustible ante la escasez y el encarecimiento del gas. Este giro hacia el carbón afectará principalmente a la demanda de gas y, en particular, al GNL. En cuanto al crudo, el shock de oferta podría impulsar un mayor interés por el transporte electrificado, lo que potencialmente alteraría los patrones de demanda a largo plazo. No obstante, esto sigue siendo una hipótesis, ya que tanto el precio de la electricidad como el de los vehículos eléctricos dependen también del coste de los hidrocarburos. Los analistas señalan que la escasez de suministro de petróleo está golpeando con fuerza a la industria petroquímica. Numerosos sectores dependen de estos productos, incluidos los vehículos eléctricos y las energías renovables. Si suben los precios del crudo, el encarecimiento se traslada a toda la cadena, desde los coches eléctricos hasta los cables, lo que termina encareciendo también las alternativas a los hidrocarburos y reduciendo la demanda energética en su conjunto. "Como todavía no hay una catástrofe visible en Occidente, la gente cree que todo está bajo control y que el único impacto son los precios algo más altos en las gasolineras", explicó a Bloomberg el responsable de transición energética de FGE NexantECA. Sin embargo, la destrucción de demanda "llegará y ya está llegando en oleadas. Asia fue la primera, África es la siguiente, y Europa ya empieza a hablar de escasez de algunos combustibles y a notar el impacto en precios", añadió Cuneyt Kazokoglu. La lección de la historia Esto ya sucedió en los 70 y supuso el principio del fin del control absoluto de la OPEP en el mercado y los inicios hacia una transición energética que hoy sigue en marcha. La crisis del petróleo de los años 70 marcó un punto de inflexión en la historia del consumo energético global. En 1973, un embargo de la OPEP provocó un aumento drástico en los precios del petróleo, lo que llevó a una profunda recesión en muchas economías occidentales. Esto no solo afectó a los precios de los combustibles, sino que también generó una conciencia crítica sobre la dependencia del petróleo. A medida que los costes se disparaban, los consumidores y las industrias comenzaron a buscar alternativas, lo que impulsó la investigación y el desarrollo de tecnologías más eficientes en el uso de recursos energéticos. Según estudios de la Administración de Información de Energía de Estados Unidos, esta crisis llevó a un aumento significativo en la eficiencia energética en el transporte y la industria. Las implicaciones de esta transformación fueron de gran alcance. Los gobiernos implementaron políticas para fomentar la eficiencia energética y diversificar las fuentes de energía. A largo plazo, la crisis del petróleo y la subsecuente destrucción de la demanda no solo transformaron la economía global, sino también las percepciones sobre la sostenibilidad. La búsqueda de alternativas al petróleo llevó a un aumento en las inversiones en energías renovables y en la eficiencia energética, contribuyendo a la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. De este modo, parece evidente que la crisis del petróleo de los 70 fue un catalizador clave para un mundo menos intensivo en petróleo y más eficiente en el consumo de energía.