La nueva escalada comercial entre Canadá y Estados Unidos representa una ruptura significativa en una relación económica construida durante décadas sobre la integración productiva, la proximidad geográfica y acuerdos comerciales sucesivos. El fracaso de las negociaciones y la imposición estadounidense de aranceles de hasta 50% sobre determinados productos canadienses evidencian un cambio desde una lógica de integración hacia otra caracterizada por la utilización estratégica de la política comercial. Desde una perspectiva económica, esta transformación introduce incertidumbre, eleva los costos de transacción y amenaza con alterar cadenas de suministro profundamente interdependientes. La vulnerabilidad canadiense es particularmente elevada debido a su dependencia del mercado estadounidense. Aproximadamente tres cuartas partes de sus exportaciones de bienes tienen como destino Estados Unidos. Sin embargo, la interdependencia también es relevante para Washington. Canadá constituye un proveedor fundamental de energía, electricidad, petróleo y diversos insumos industriales. Por ello, los aranceles no son simplemente un mecanismo de protección comercial; pueden convertirse en un impuesto indirecto sobre empresas y consumidores estadounidenses, al encarecer insumos y productos provenientes de Canadá. El resultado dependerá de la capacidad de ambos países para absorber, trasladar o evitar dichos costos. Desde una perspectiva de economía internacional, la principal preocupación se encuentra en los efectos dinámicos de la confrontación. Los aranceles pueden provocar desviación de comercio, reducción de inversión, pérdida de competitividad y reorganización de cadenas globales de valor. Sectores como automóviles, acero, aluminio, energía, agricultura y manufacturas enfrentan riesgos particulares debido a su elevado grado de integración transfronteriza. Además, la incertidumbre regulatoria puede ser incluso más perjudicial que el arancel mismo, pues las empresas pueden posponer inversiones ante la dificultad de anticipar las condiciones futuras de acceso al mercado. Para Canadá, la respuesta estratégica parece orientarse hacia una diversificación comercial y financiera que reduzca su dependencia estructural de Estados Unidos. El fortalecimiento de vínculos con Europa, Asia y otros mercados puede ampliar las oportunidades de exportación y atraer inversión extranjera. La proximidad estadounidense genera ventajas logísticas, economías de escala y redes productivas difíciles de sustituir en el corto plazo. La construcción de nuevas rutas comerciales, infraestructura energética y acuerdos internacionales requiere tiempo y elevados niveles de inversión. Finalmente, esta disputa trasciende el ámbito estrictamente comercial y plantea una reconfiguración geoeconómica de América del Norte. El principal riesgo es que una relación históricamente basada en la cooperación evolucione hacia una competencia estratégica más permanente. Para Canadá, el desafío consiste en reducir vulnerabilidades sin destruir los beneficios de la integración; para Estados Unidos, el costo potencial es debilitar cadenas productivas que también sostienen su competitividad. En este sentido, la guerra comercial puede marcar el final de una etapa de integración relativamente estable y el comienzo de un modelo norteamericano caracterizado por mayor proteccionismo, diversificación y cautela empresarial. *****Profesor Investigador en Economía Internacional en El Colef. Distinguido miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores. Ha sido también profesor en la Universidad Iberoamericana, CISE, “fellow” y “guest scholar” en UCSD y profesor visitante en UC Irvine.