De los Límites a la Voluntad Presidencial

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No hay poder absoluto. Siempre hay algo o alguien que puede poner contra las cuerdas al mandatario todopoderoso que tiene o cree tener todas las fichas. Hasta los dictadores más poderosos tienen contrapesos y sufren intrigas palaciegas que los obligan a tomar decisiones que no tomarían o incluso a ceder parte de su poder si no quieren ser depuestos. La historia está llena de ejemplos. Es cierto que en México desaparecieron los contrapesos formales. Anularon los límites al Poder Ejecutivo que derivaban de los otros dos poderes. En el caso del Poder Legislativo gracias a la mayoría de dos tercios que ilegalmente le regaló el Tribunal Electoral a la alianza morenista. En el caso del Poder Judicial porque esa misma mayoría invencible hizo una reforma judicial que removió a todos los ministros y a la mitad de los jueces para que fueran electos. El resultado fue obvio. La mayoría de los jueces electos comenzaron a responder a los dictados de sus patrones o patronos. También desaparecieron o fueron capturados los órganos autónomos con lo que diversos sectores de política pública que escapaban al control del gobierno en turno perdieron su independencia decisoria o, mejor dicho, se las arrebataron los dos presidentes de la 4T. Pero hay otros límites que no están inscritos en la Constitución y que no pueden ser borrados mediante leyes y decretos. Hoy la presidencia de México enfrenta tres de esos contrapesos a pesar de toda la popularidad que presume. El partido. Puede parecer un límite menor pero no necesariamente lo es. Siempre hay facciones amenazantes y a veces prosperan contra el o la presidenta. Un ejemplo muy reciente es el que enfrentó Orbán de Hungría que fue derrotado por un disidente de su propio partido, Péter Magyar. Siempre hay facciones amenazantes y a veces prosperan contra el o la presidenta. Ciertamente Sheinbaum no está manca y puede castigar o premiar a los indisciplinados pero el hecho es que tanto buena parte de sus bancadas como de los gobernadores e incluso de su gabinete ampliado, fueron puestos en sus cargos por López Obrador a quien todavía le guardan lealtad. Está pues latente la posibilidad de una ruptura o, al menos, de una desobediencia que la ponga en jaque. Por algo se dice que para que la cuña apriete debe ser del mismo palo. López Obrador sabe que Sheinbaum le “debe” el puesto a él, y cree que se lo sigue debiendo, pero ella bien podría rebelarse. El tiempo dirá si es el caso y si puede pagar el costo. Por lo pronto no la tiene fácil. El crimen organizado. Como contrapeso es un obstáculo tremendo. El poder de la presidencia alcanza hasta donde comienza el del crimen organizado. No doy cifras porque no hay certeza de hasta dónde llega la penetración. No hay claridad de cuántos políticos deben el cargo a los cárteles de la droga. Sabemos que muchos. Todos los días leemos de algún político que fue detenido por sus nexos con la delincuencia organizada pero siempre son de presidentes municipales para abajo. El gobierno no se ha atrevido a tocar los cargos superiores -particularmente gobernadores-, aunque también se habla de diputados, senadores, secretarios de Estado e importantes integrantes de Morena pero el periodismo de investigación y las agencias de inteligencia de EE. UU. han puesto sobre la mesa más que indicios sobre sus andanzas. Es un límite formidable al ejercicio del poder presidencial por la fuerza territorial que tiene, por la información que posee sobre el dinero sucio a campañas y gobiernos y por la “gobernabilidad” que garantiza. El contubernio es ya inocultable. Estados Unidos. El tercer límite es lo que cuando yo era estudiante llamábamos el “factor americano”. México siempre ha sido la parte débil de esta relación asimétrica pero con sus altas y bajas la relación se ha navegado sin grandes rupturas en las últimas décadas. Sobre todo, sin las amenazas que se ciernen hoy sobre nuestro país. Uno de los casos más parecidos, pero a una escala menor fue el del Kiki Camarena. Entonces EE. UU. desató una guerra diplomática contra México, llevó a cabo un cierre parcial de la frontera y exigió y logró la captura y enjuiciamiento en tribunales estadounidenses de capos como Caro Quintero y Ernesto Fonseca Carrillo («Don Neto») y, después, de Félix Gallardo, además de ordenar el secuestro del médico Humberto Álvarez Machain para juzgarlo en Estados Unidos. México siempre ha sido la parte débil de esta relación asimétrica La presidenta se ha resistido a enviar a la justicia norteamericana a Rocha Moya y a otros nueve funcionarios solicitados por EE. UU. El hecho sólo ha agravado la relación de México con el vecino que ya, desde antes, había declarado a los cárteles como células terroristas. Además, ha insistido en que existen vínculos entre las autoridades y esas células. En esas andamos pero está claro que Estados Unidos es un límite muy poderoso a la voluntad de la presidenta de México y que el discurso soberanista no alcanza. Así que Sheinbaum está encontrando más límites a su poder que los que imaginaba. Insisto, no los formales pero sí tres muy reales.