Para desaprender hoy, especialmente si en la actualidad eres estudiante o profesor, en la educación media o superior, te invitamos a conocer algunos de los aforismos que escribió León Tolstoi. Son pensamientos que condensan en pocas palabras experiencias, observación y reflexiones que podemos comparar con lo que estamos viviendo en un momento dado. Por ejemplo, cuando nos dice que: “los alumnos que vienen de la escuela de la vida aventajan a los que sólo vienen de la escuela formal”. Los aforismos pueden mejorar nuestra comunicación con otras personas. Nos ayudan a nombrar mejor lo que pensamos, a expresar desacuerdos con más precisión y a encontrar palabras más hondas para hablar de la experiencia humana. Pero conviene leerlos críticamente: no como dogmas, sino como provocaciones para pensar. Su verdadera importancia educativa no está en memorizarlos, sino en dejar que nos obliguen a revisar inercias, prejuicios y certezas cómodas. León Tolstói (1820-1910) no fue sólo un gran novelista; también vivió la educación como una tarea moral y social. En Yásnaia Poliana, en lo que fue su casa paterna, fundó una escuela para niños campesinos y la convirtió en un espacio de experimentación pedagógica. Desde ahí defendió una enseñanza basada en la libertad, la creatividad, el conocimiento y respeto del estudiante, su modo y ritmo de aprendizaje. Escribió varios ensayos sobre educación porque no quería una escuela fundada en la obediencia ciega ni en la imposición. Para él, aprender no debía ser someterse, sino despertar la inteligencia y la dignidad de cada persona. Su interés por la educación no fue secundario: formó parte central de su búsqueda de verdad y justicia. Un ejemplo de ello son sus aforismos, llenos de fuerza y testimonio porque nacen de una experiencia vivida, no sólo de una idea literaria. En Tolstói, la vocación por educar fue otra manera de luchar contra la mentira, la pasividad y la desigualdad. Los siguientes son ejemplos que jóvenes estudiantes y sus profesores podrían utilizar para estimular su reflexión, individual o de grupo: “El criterio de la pedagogía es sólo la libertad.”(On Popular Education, The Complete Works of Count Tolstoy, vol. 12, 1875). Este es, probablemente, el aforismo pedagógico más potente de Tolstói. Para un profesor de educación media o superior significa que la enseñanza no debe medirse primero por el orden externo, la obediencia o la cobertura del programa, sino por la capacidad real del estudiante para apropiarse del conocimiento sin sometimiento ciego. No se trata de “dejar hacer” sin rumbo, sino de recordar que el aprendizaje auténtico requiere margen de elección, disenso, búsqueda y apropiación personal. En la comunicación con los estudiantes, esta idea obliga a revisar el tono autoritario, el exceso de imposición y la confusión entre disciplina y formación. Vista desde el estudiante, esta frase no significa licencia para el capricho, sino una exigencia más alta: aprender de manera activa, no meramente obediente. Tolstói desconfía de una educación fundada en la coacción; por eso este aforismo puede ayudar al educando a preguntarse si está estudiando sólo para cumplir o si realmente está apropiándose del conocimiento. También ilumina la comunicación con los profesores: el mejor estudiante no es el que sólo acata, sino el que pregunta, argumenta, contrasta y dialoga con respeto. En la familia y con los compañeros, esta idea también enseña que formar no es dominar, sino ayudar a que el otro piense por sí mismo. “Si quieres educar al estudiante por medio de la ciencia, ama tu ciencia y conócela; los estudiantes amarán tanto a la ciencia como a ti. Pero si tú mismo no la amas, esa ciencia no tendrá influencia educativa, por más que los obligues a aprenderla.” (Education and Culture, The Complete Works of Count Tolstoy, 1862). Aquí Tolstói toca una verdad docente de fondo: el conocimiento no se transmite sólo por contenidos, sino también por contagio intelectual y afectivo. Un profesor puede dominar técnicas, rúbricas y plataformas, pero si su relación con la materia es fría, rutinaria o puramente burocrática, difícilmente despertará interés profundo. Para media superior y superior esto es decisivo: los estudiantes detectan muy rápido cuándo el docente sólo “cumple” y cuándo realmente piensa, disfruta y valora lo que enseña. La comunicación pedagógica, entonces, no es meramente informativa; también es una forma de testimonio. “Los alumnos que vienen de la escuela de la vida aventajan a los que sólo vienen de la escuela formal.” (On Methods of Teaching the Rudiments, 1862). Tolstói cuestiona la educación mecánica, la memorización vacía y la falsa idea de que aprender consiste únicamente en pasar por instituciones. Para un estudiante, el mensaje es muy fértil: la educación verdadera también se nutre de la experiencia, del trabajo, de la observación, de los problemas reales, de la conversación con la familia y del contacto con la vida concreta. Esto puede ser decisivo en media superior y superior, donde muchos jóvenes separan radicalmente “la escuela” de “la vida”. Tolstói diría lo contrario: si no vinculas lo que estudias con lo que vives, lo que aprendes se vuelve frágil, artificial y olvidable. “La verdad es la primera y más importante condición de la influencia espiritual real; por eso es también la primera condición de la educación.” (Thoughts on Education and Instruction, The Complete Works of Count Tolstoy, vol. 23, 1887–1901). Este pasaje es fundamental para reflexionar sobre la congruencia del profesor. Tolstói sostiene que no puede haber educación verdadera cuando el adulto predica una cosa y vive otra. En términos universitarios o de bachillerato, esto vale para la honestidad intelectual, la puntualidad, el respeto, la escucha, el trato justo y la apertura a corregirse. Un docente que pide pensamiento crítico, pero castiga la discrepancia; o que pide rigor pero improvisa siempre, debilita su propia autoridad moral. La comunicación con los estudiantes gana fuerza no cuando suena impecable, sino cuando es veraz, consistente y humana. “Busca y encontrarás… sólo es necesario rechazar las falsas concepciones.” (To the Dear Youth, 1886). Para un estudiante, especialmente de media superior o superior, esta frase vale casi como un programa de formación intelectual. Tolstói sugiere que la verdad no suele faltar por completo; lo que más bien estorba es el cúmulo de ideas heredadas, prejuicios, lugares comunes y falsas seguridades. En términos actuales, esto sirve para revisar lo que uno repite sin pensar: opiniones tomadas de redes, ideas familiares incuestionadas, estereotipos sobre carreras, éxito, prestigio o inteligencia. Un educando maduro no sólo acumula información: aprende a quitarse de encima conceptos falsos para poder pensar mejor. En suma, es muy claro que para este notable ser humano, aprender no debía ser someterse, sino despertar la inteligencia y la dignidad de cada persona. Su interés por la educación no fue secundario: formó parte central de su búsqueda de verdad y justicia. Un ejemplo de ello son sus aforismos, llenos de fuerza y testimonio porque nacen de una experiencia vivida, no sólo de una idea literaria. En Tolstói, la vocación por educar fue otra manera de luchar contra la mentira, la pasividad y la desigualdad.