Por Sven Beckert Las actividades cotidianas de los comerciantes dieron lugar a capacidades emergentes cualitativamente nuevas. Es imposible señalar un lugar o un momento exactos en los que comenzó el capitalismo. El capitalismo es un proceso, no un acontecimiento histórico discreto con un inicio y un final, y no surgió plenamente formado en un sitio determinado. Incluso hoy, ninguna sociedad está organizada según líneas plenamente capitalistas, y algunos han sostenido que un mundo completamente capitalista es una imposibilidad teórica. Los intentos de aislar un pedazo de tierra como lugar de origen del capitalismo —Florencia, Barbados, Ámsterdam, Bagdad, el campo del sur de Inglaterra o Manchester, por ejemplo— han resultado insuficientes. Esto se debe a que la revolución capitalista siempre fue un proceso que extrajo energía de múltiples fuentes. Los primeros manantiales alimentaron arroyuelos que, con el tiempo, se convirtieron en corrientes sinuosas y cada vez más poderosas. A medida que estas corrientes avanzaron a través del tiempo y el espacio, se encontraron con un mundo a menudo hostil a su desarrollo ulterior: los arroyuelos se secaron; los riachuelos toparon con bancos de arena y se evaporaron; e incluso las corrientes más caudalosas encontraron cordilleras que detuvieron su flujo y las obligaron a adoptar nuevas formas. Transformándose a lo largo de los siglos y contra todo pronóstico, esta lógica novedosa de la vida económica —una que se centraba menos en los mercados como tales y más en el crecimiento del capital, es decir, dinero y bienes dedicados a la producción de más dinero y, por tanto, de más capital— fue ganando fuerza. Dado el curso sinuoso del capitalismo, un punto razonable de partida son los primeros capitalistas —los comerciantes—, quienes desempeñaron un papel decisivo al impulsar la reconfiguración revolucionaria del capital en la vida económica del planeta y encarnaron su lógica. Si bien no sabemos con precisión cuándo y dónde surgieron por primera vez comerciantes con esta orientación particular, sin duda existió una comunidad de comerciantes inusualmente dinámica y temprana que, en el siglo XII, ejercía su actividad en el puerto de Adén, un enclave que se convirtió, según su historiadora más importante, Roxani Margariti, en el corazón del comercio del océano Índico. El capitalismo no “estalló” en Adén en 1150, pero la ciudad fue uno entre varios lugares destacados que se conectaron para formar el arroyo que se convirtió en río y, finalmente, en inundación. Sus comerciantes enviaban barcos a puertos lejanos a través de océanos peligrosos, traían las riquezas de Asia, África, Arabia y Europa a sus almacenes, y luego las distribuían a los confines del mundo conocido, comprando barato y vendiendo caro, prestando servicios de transporte marítimo, intercambiando divisas, ofreciendo crédito y, en ocasiones, financiando e incluso organizando la producción de bienes agrícolas y manufacturados. Al enlazar el Mediterráneo con el océano Índico (y más allá) por mar y por tierra, Adén fue una ciudad mundial construida por personas cuyas actividades cotidianas, majestuosas por su mera escala, incluían reunir cargamentos, inspeccionar mercancías, regatear precios, supervisar la construcción de barcos, observar mercados lejanos, recopilar información y, no menos importante, reunir capital. Por improbable que parezca, estas actividades banales, realizadas de manera intensiva, revelaron capacidades emergentes cualitativamente nuevas: chispas tempranas y dispersas de la revolución que estaba por venir. Este es un extracto editado del nuevo libro de Sven Beckert, Capitalism: A Global History, publicado por Penguin. ****Sven Beckert es profesor Laird Bell de Historia en la Universidad de Harvard, donde enseña la historia de los Estados Unidos en el siglo XIX y la historia global. Imagen: Marco Polo’s caravan traveling to India de Abraham Cresques (1325–1387).