El acuerdo global entre México y la Unión Europea, recientemente modernizado como Acuerdo Global Modernizado (AGM), se inserta en una estrategia explícita de diversificación frente a la alta concentración comercial de México en América del Norte, particularmente en Estados Unidos. Desde la entrada en vigor del TLCUEM en 2000, el comercio de bienes entre México y la UE ha crecido más de 300%, y en 2025 el intercambio superó los 94,500 millones de dólares, con exportaciones mexicanas por 27,658 millones e importaciones por 66,940 millones. Aun así, la relación sigue siendo deficitaria para México y con un fuerte sesgo manufacturero y de inversión europea en sectores de alto valor agregado. La modernización del acuerdo, que liberaliza alrededor del 99% del comercio de bienes, corrige rezagos en agricultura e incorpora disciplinas de “comercio del siglo XXI” como lo digital, la sostenibilidad y la protección de inversiones, busca no solo ampliar flujos comerciales, sino reposicionar a México como socio estratégico en un orden comercial fragmentado. Desde una perspectiva económica, el acuerdo con Europa altera la estructura de incentivos que hasta ahora giraba casi exclusivamente en torno al T-MEC (antes TLCAN). La doble pertenencia de México a dos grandes bloques, América del Norte y la Unión Europea, crea una plataforma productiva única donde empresas europeas pueden localizarse en México para aprovechar reglas de origen del T-MEC y acceder al mercado norteamericano, mientras firmas norteamericanas pueden usar México como puente hacia el mercado europeo bajo condiciones arancelarias preferenciales. En términos de teoría de integración económica, México se convierte en el centro dentro de una red de acuerdos, lo que puede generar efectos de creación de comercio (al sustituir importaciones de terceros países por producción intra-bloque) y de desvío de comercio (al desplazar proveedores más eficientes pero sin preferencias arancelarias). El resultado neto dependerá de la capacidad de las empresas mexicanas para insertarse en cadenas globales de valor, cumplir estándares europeos y aprovechar economías de escala. Para el acuerdo con América del Norte, los efectos son ambivalentes pero estratégicamente relevantes. Por un lado, la mayor integración con Europa puede reducir la vulnerabilidad de México ante choques políticos o comerciales en Washington, por ejemplo, revisiones del T-MEC, amenazas arancelarias o disputas en energía y reglas de origen automotrices, al ofrecer mercados alternativos y nuevas fuentes de inversión. Esta diversificación mejora la posición de negociación de México dentro del T-MEC. Por otro lado, Estados Unidos y Canadá pueden percibir el acercamiento con la UE como un movimiento que reconfigura cadenas productivas regionales, incentivando una competencia por atraer inversión (por ejemplo, en semiconductores, energías limpias o electromovilidad) donde México podría beneficiarse si ofrece certidumbre regulatoria, infraestructura y seguridad suficientes. Finalmente, el impacto del acuerdo con Europa sobre el T-MEC no es un juego de suma cero, sino un problema de estrategia de desarrollo económico. Si México utiliza el AGM solo como un seguro frente a la incertidumbre norteamericana, el efecto será limitado y probablemente concentrado en grandes corporaciones transnacionales. Pero si lo articula con una política industrial activa, aprovechando la liberalización agrícola, la protección de denominaciones de origen, los capítulos de Pymes y comercio digital, y la atracción de inversión en sectores de alto valor agregado, podría escalar en las cadenas de valor tanto de América del Norte como de Europa. En ese escenario, el acuerdo con la UE no debilita el T-MEC, sino que lo complementa. *****Profesor Investigador en Economía Internacional en El Colef. Distinguido miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores. Ha sido también profesor en la Universidad Iberoamericana, CISE, “fellow” y “guest scholar” en UCSD y profesor visitante en UC Irvine.