El desastre que se ha postergado: ¿por qué los humanos parecen vivir mejor en un planeta en deterioro?

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El clima está cambiando, los ecosistemas se están deteriorando y, sin embargo, a nivel mundial, el ingreso promedio per cápita, la esperanza de vida y los niveles educativos siguen aumentando. Esta discrepancia constituye una de las paradojas más preocupantes del debate ambiental contemporáneo. Explorar todos los factores explicativos es fundamental para considerar cómo actuar y comunicarnos en la era del cambio climático. Desde la década de 1960, se han multiplicado las advertencias sobre las consecuencias ecológicas del crecimiento económico y la industrialización. Degradación de los ecosistemas, agotamiento de los recursos, contaminación, cambio climático y superación de los límites planetarios: numerosos estudios científicos describen dinámicas que probablemente alterarán de forma permanente las condiciones de vida humanas. Y sin embargo: la esperanza de vida mundial está aumentando, la pobreza extrema ha disminuido, al menos hasta las crisis recientes, los niveles educativos están progresando y el ingreso promedio per cápita continúa su crecimiento a largo plazo en todo el mundo. Esta discrepancia se corresponde con lo que los investigadores denominaron, a principios de la década de 2010, " la paradoja ambientalista" : ¿cómo explicar que el bienestar humano, medido por los indicadores dominantes, mejore incluso cuando los ecosistemas se degradan? Esta paradoja, obviamente, no niega la crisis ecológica. Pero sí complica su interpretación. Una observación inquietante En 2005, la ONU publicó la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio . Este informe, motivado por la observación de una degradación generalizada de los ecosistemas y de los servicios que las sociedades humanas obtienen de ellos, confirmó que gran parte de los ecosistemas del mundo y los beneficios percibidos por los seres humanos estaban en declive. Partiendo de esta premisa, en 2010, los investigadores formalizaron el enigma: si los servicios ecosistémicos que sustentan a las sociedades humanas se están deteriorando, ¿por qué siguen aumentando los indicadores de desarrollo humano? Esta cuestión no es meramente académica. Toca el núcleo del debate político contemporáneo. Si las advertencias ambientales no se traducen en un deterioro visible y generalizado de las condiciones de vida, su credibilidad puede verse socavada. Por el contrario, si la prosperidad actual se basa en una degradación acumulativa cuyos efectos se retrasan, entonces la inacción es más arriesgada. Primera vía a explorar: el problema de los indicadores Una explicación inicial de la paradoja ecologista se centró en los indicadores utilizados. Los indicadores predominantes de bienestar —el producto interno bruto (PIB) per cápita, la esperanza de vida, la escolarización o su combinación dentro del Índice de Desarrollo Humano (IDH)— capturan esencialmente dimensiones materiales y de salud. Pero no reflejan adecuadamente, o no reflejan en absoluto, la calidad de las relaciones con el medio ambiente , la resiliencia de los territorios, la seguridad ecológica futura y las vulnerabilidades intergeneracionales. Parte de la paradoja reside en una disociación entre flujos y existencias: los indicadores de bienestar miden los flujos (ingresos, producción, consumo), mientras que la degradación ecológica afecta a las existencias (clima, biodiversidad, suelo), cuya erosión puede permanecer invisible durante mucho tiempo en los indicadores actuales. La paradoja podría, por lo tanto, estar relacionada con lo que se mide y lo que no, y parte del debate reciente se ha centrado en ampliar los marcos de evaluación para tener en cuenta las contribuciones de la naturaleza a las personas , la contabilidad del capital natural y los indicadores de bienestar multidimensional. Sin embargo, incluso con estos indicadores enriquecidos, la observación general persiste: los indicadores de desempeño socioeconómico aún no han cambiado. Segundo enfoque: la sustitución energética y tecnológica a gran escala. La hipótesis más sólida en la actualidad es la de la sustitución masiva de los servicios de la naturaleza, posibilitada por los combustibles fósiles y la innovación tecnológica. Por consiguiente, la agricultura industrial ha incrementado sus rendimientos. Por su parte, la infraestructura hidráulica compensa las alteraciones locales en los patrones de lluvia. Los sistemas de salud, finalmente, reducen la mortalidad independientemente de la calidad ecológica inmediata. En otras palabras, las sociedades modernas han desarrollado una capacidad de amortiguación y adaptación. Pero esta capacidad, a su vez, depende de una intensificación sin precedentes de la producción de materiales y energía. Estudios recientes sobre los flujos de materiales demuestran que la extracción global continúa creciendo: a escala mundial, el crecimiento y las presiones ambientales siguen estando muy a menudo correlacionados. Esta paradoja no refuta los límites ecológicos; más bien, muestra la capacidad temporal de las sociedades industriales para postergar sus efectos mediante una movilización masiva de energía y recursos. ¿Resiliencia o ilusión de estabilidad? Otra interpretación de la paradoja recurre a la noción de resiliencia: los sistemas socioecológicos pueden absorber perturbaciones significativas sin colapsar de inmediato. Poseen inercia, redundancias y capacidad de adaptación. Pero esta resiliencia puede ser engañosa. Las investigaciones sobre puntos de inflexión sugieren que los sistemas aparentemente estables pueden cruzar abruptamente umbrales críticos. El clima, los ecosistemas forestales y las capas de hielo presentan, por lo tanto, dinámicas no lineales. Un ejemplo preocupante es la deforestación en la Amazonia , que podría alterar los patrones de lluvia y transformar la selva tropical en sabana, con consecuencias para el clima global.

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Desde esta perspectiva, la ausencia de un colapso observable hoy en día no es prueba de seguridad, sino posiblemente una fase de latencia. La paradoja ambiental sería entonces la expresión de una aparente robustez que precede a una transformación más profunda. Una cuestión de escala y desigualdad Los promedios globales también ocultan realidades contrastantes. Para algunas poblaciones, las inundaciones, las sequías o los megaincendios vinculados al cambio climático ya implican inseguridad alimentaria, pérdida de medios de subsistencia o migración forzada. La paradoja es más evidente a nivel agregado. A nivel local, o desde la perspectiva de la distribución de los impactos, la correlación entre la degradación ecológica y la vulnerabilidad suele ser más clara. Así, el debate se centró en el concepto de «espacio seguro y equitativo » , una idea propuesta en 2012 por la economista británica Kate Raworth . Su objetivo es destacar que la erradicación de la pobreza era un paso necesario hacia un mundo habitable. Pero, ¿cómo podemos ahora conciliar el respeto a los límites planetarios con la reducción de las desigualdades sociales, dado que la prosperidad observada en promedio coexiste con el sobreconsumo ecológico y las injusticias sociales? El riesgo político de la paradoja Una cosa es segura: la paradoja ecologista es políticamente ambivalente. Podría interpretarse de dos maneras: prueba de que los escenarios catastróficos eran excesivos; la degradación ecológica tiene efectos limitados en el bienestar humano porque es menos grave de lo previsto o porque las sociedades humanas tienen suficiente capacidad de adaptación; O bien, demuestra que las sociedades han logrado hasta ahora aplazar los costos, pero no eliminarlos. Por lo tanto, las herramientas de observación y anticipación resultan insuficientes para reflejar la realidad de la situación. En el primer caso, la paradoja alimenta el escepticismo y la tentación de mantener el statu quo . En el segundo, refuerza el argumento a favor de políticas preventivas y prudentes. La tensión entre estas dos interpretaciones impregna el debate público actual. Robustez sistémica y dependencia de las existencias Un tema central en la literatura reciente se refiere a la dependencia de las reservas acumuladas: combustibles fósiles, capital natural e infraestructura heredada. La prosperidad contemporánea se basa en un aumento del consumo de estas reservas, sin precedentes en la historia de la humanidad. La pregunta entonces es: ¿es reproducible esta configuración a largo plazo? La paradoja podría ser la de una modernidad sostenida por condiciones biofísicas transitorias cuyo mantenimiento implicaría limitar el número de beneficiarios —esto es lo que sugiere el neomalthusianismo al abogar por la limitación de los nacimientos— o esperar que el ingenio humano y el progreso técnico permitan prolongarlos —esto es lo que afirman los tecnosolucionistas o los cornucopianos— . ¿Colapso o transformación? El término «colapso» implica una ruptura repentina y generalizada. Sin embargo, la dinámica observada podría ser más gradual, diferenciada y transformadora que destructiva. La literatura científica reciente hace mayor hincapié en la trayectoria de los sistemas, las transiciones socioecológicas, las capacidades de adaptación institucional y los riesgos sistémicos. El debate ha pasado así de una simple pregunta, "¿Vamos a colapsar?" – o incluso "¿Cuándo vamos a colapsar?" – a una pregunta más compleja: ¿bajo qué condiciones y de qué formas afectará finalmente la degradación ecológica al bienestar humano, y según qué modalidades y plazos? Lo que la paradoja realmente revela La paradoja ambiental no invalida ni las advertencias científicas ni el progreso del desarrollo humano. Nos invita a ir más allá de la simplista dicotomía entre catastrofismo y optimismo tecnológico, y nos recuerda que los efectos de la degradación ambiental suelen ser tardíos, desiguales y quedar enmascarados por el poder material de las sociedades industriales. La catástrofe puede retrasarse, o puede que ya esté aquí, pero de formas menos visibles y más difusas, distintas de las imaginadas. En cualquier caso, la paradoja no cierra el debate ecológico. Nos obliga a plantearlo de otra manera, y con mayor rigor. Autores Jean-Michel Salles Director de Investigación en Economía Ambiental, Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) Guy Richard Director de experiencia científica colectiva, prospectiva y estudios en el Instituto Nacional de Investigación para la Agricultura, la Alimentación y el Medio Ambiente (INRAE), Inrae Michel Colombier Director científico IDDRI