El IMSS no está colapsando… para muchos de nosotros, ya colapsó

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Estos días he visto las manifestaciones de trabajadores del IMSS y quiero compartirles algunas situaciones que últimamente hemos vivido con mis papás. No son cosas que me contaron ni que vi en las noticias, son experiencias que nos han tocado vivir como familia. Cuando mi mamá fue diagnosticada con cáncer, hicimos todo lo posible por atenderla de manera particular, pero llegó un momento en que los gastos fueron demasiado grandes y buscamos incorporarla al IMSS. En su cirugía más reciente vimos a médicos residentes discutir hasta por unas hojas de papel para imprimir documentos. Al trasladarla al quirófano tampoco había una sábana disponible; finalmente consiguieron una, pero la bata que le dieron estaba rota y era tan pequeña que parecía de niño. Después de la cirugía, para el dolor únicamente nos proporcionaron paracetamol y nos indicaron que, ante cualquier complicación, regresáramos a urgencias. Y uno se pregunta: ¿cómo no sentir incertidumbre cuando has visto las condiciones en las que tienen que trabajar? Pero lo más preocupante es que mi mamá necesita un medicamento durante cinco años como parte de su tratamiento posterior al cáncer de mama. Llevamos casi tres meses sin que se lo surtan. Nosotros hemos podido comprarlo, pero ¿qué pasa con quienes no tienen esa posibilidad? Con mi papá fue algo similar. Le diagnosticaron apnea del sueño severa y el neumólogo nos explicó que necesitaba un equipo especial para dormir. Después de trámites, vueltas y hasta firmar un contrato por un año, nos informaron que no podían entregarlo porque, según nos dijeron, el IMSS tenía adeudos con la empresa proveedora. El contrato quedó firmado, pero el equipo nunca llegó. Ante la gravedad del diagnóstico, tuvimos que comprarlo de manera particular. Además, ambos son diabéticos e hipertensos y hemos encontrado desabasto incluso de medicamentos tan comunes como la metformina. En este camino nos hemos encontrado con personal apático, pero también con médicos, enfermeras y trabajadores que realmente quieren ayudar y que simplemente no cuentan con los recursos necesarios. Algunos incluso te cuentan sus dificultades; otros prefieren callar por temor a represalias. Por eso, cuando veo las manifestaciones, entiendo que no se trata solamente de pedir mejores salarios o condiciones de jubilación, sino también de las condiciones en las que trabajan. Nosotros, con esfuerzo y sacrificios, siempre buscaremos la manera de que nuestros padres estén bien. Pero ¿qué pasa con las familias que no tienen dinero para comprar medicamentos, equipos o pagar atención particular? No comparto esto para desacreditar a los trabajadores ni para generar una discusión política. Lo comparto porque lo hemos vivido y porque muchas personas desconocen esta realidad hasta que les toca enfrentarla. La salud no debe politizarse. No se trata de defender gobiernos, partidos o administraciones, sino de reconocer las carencias, exigir soluciones y entender que estamos hablando de vidas humanas. Lo que los trabajadores denuncian dentro de la institución, muchos derechohabientes lo estamos padeciendo como pacientes. Y mientras unos luchan por mejores condiciones para trabajar, otros luchamos para que nuestros familiares reciban la atención que necesitan. No podemos seguir normalizando que falte lo indispensable en una institución de salud. Porque detrás de cada receta marcada con “SIN EXISTENCIA” hay una persona que SÍ EXISTE, que tiene nombre, una familia y una enfermedad que no puede esperar. La salud es un derecho, no un privilegio ni una bandera política. Y garantizarla debería estar por encima de cualquier interés.