El índice Panini

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Desde 1970, cuando se jugó el Mundial en México, una tradición se sumó al ritual del fútbol: el álbum Panini. La editorial italiana, nacida en Módena y presente en 150 países, se convirtió en parte importante de la Copa del Mundo. Colecciono el álbum desde 2010, con el Mundial de Sudáfrica, y este año no fue la excepción, aunque sí noté diferencias importantes: el precio y lo complicado que resulta completarlo. Armar el álbum es una clase magistral de teoría económica aplicada; es un laboratorio en miniatura del mercado: la figurita de Cristiano o de Messi, que materialmente es idéntica a la de cualquier jugador de Nueva Zelanda o Panamá, vale más en el intercambio; valor subjetivo en estado puro. Y los trueques que se arman son fascinantes: dos jugadores por un escudo, tres por una edición especial… Pero hay dos mercados que conviven dentro del mismo álbum. El de los trueques, entre amigos y desconocidos, es genuinamente libre: hay competencia, información imperfecta, precios relativos y descubrimiento de valor. El otro, el de la producción del álbum, no lo es y está blindado por un monopolio. Panini no compite con Topps, Fanatics ni con ninguna editorial por ofrecer el mejor álbum al mejor precio, compite más bien por el privilegio exclusivo otorgado por la FIFA. Desde 1970, Panini lo retuvo sin interrupciones, pero el 7 de mayo, la FIFA y Fanatics anunciaron que a partir de 2031 los derechos pasan a Topps. Es decir, el Mundial 2030 será el último álbum Panini de la historia, cerrando un ciclo de sesenta años. El cambio de manos es una transferencia de renta entre dos rentistas privados, mediada por una entidad, la FIFA, que vende exclusividad como modelo de negocio. Y mientras tanto, los consumidores absorben el costo. Algunos analistas ya bautizaron al fenómeno como el "Índice Panini". En Argentina, el sobre de siete figuritas pasó de 150 pesos en 2022 a 2.000 pesos en 2026, se multiplicó por trece en cuatro años. Pero esa cifra dice menos sobre Panini que sobre la macroeconomía argentina: en el mismo período, la inflación acumulada del país superó el 1.500%, así que el sobre, en términos reales, hasta se abarató un poco. Pero contrastemos con Guatemala, donde el quetzal apenas se movió y la inflación acumulada en cuatro años rondó el 15%. El sobre pasó de Q6,75 en Qatar 2022 a Q9,50 en 2026, y la caja de 104 sobres de Q742 a Q945. Parece un aumento moderado, pero hay un detalle: cada sobre ahora trae siete estampas en lugar de cinco, así que el precio por estampa se mantuvo prácticamente idéntico (Q1,35 entonces, Q1,36 hoy). El álbum está más caro no porque cada figurita cueste más, sino porque ahora hay 980 en vez de 638. La expansión de 32 a 48 selecciones, decidida por la FIFA, infló el álbum en 54%. Alguien podría replicar que nadie obliga a comprar el álbum, que es un bien de lujo y en parte tiene razón. Pero el problema no es lo que Panini cobra sino el rol de la FIFA como regulador del deporte más popular del planeta. Lo visible es el álbum más caro, pero detrás está el modelo en el que federaciones deportivas son máquinas de extracción de rentas que venden monopolios temporales cada cuatro años. ***Directora de FEE Studios.