En Nicaragua cayeron las máscaras

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durante el acto por el 47º aniversario de la Revolución Sandinista en Managua, Daniel Ortega, copresidente junto a su esposa, Rosario Murillo, pronunció la frase que llevaba años insinuando: "Que se olviden, aquí no volverá a haber elecciones". Sobre el papel, Nicaragua celebraría comicios presidenciales a finales de 2026. Pero en 2025 el oficialismo aprobó una reforma constitucional que los aplazó hasta 2027, la misma que estiró el mandato de cinco a seis años y estrenó la figura de la copresidencia. Entonces, ¿qué cambia realmente? Las elecciones nicaragüenses ya eran una farsa. En 2021 Ortega "ganó" con el 75% de los votos mientras siete precandidatos opositores esperaban el resultado desde la cárcel y ocho de cada diez electores se quedaron en casa. La democracia, en rigor, había muerto mucho antes: desde su regreso al poder en 2007, Ortega desmontó pieza por pieza cada contrapeso institucional. Y sin embargo, sí cambia algo. Mientras existía el simulacro, quedaba un costo: el de fingir. Cada elección amañada obligaba al régimen a invitar observadores, tolerar candidatos, sostener la ficción de que el poder podía disputarse. El Índice de Democracia de Economist Intelligence Unit lo clasifica como régimen autoritario, en la misma categoría regional que Cuba y Venezuela. Desde 2018 ha ilegalizado a más de 5,600 organizaciones civiles, desde universidades hasta comedores parroquiales, y ha trasladado sus bienes al Estado. En el frente internacional, se retiró de la UNESCO, la OIT, la FAO y hasta del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Cerca de un millón de nicaragüenses, casi uno de cada siete habitantes, ha abandonado el país. Es la única votación que Ortega no puede amañar: la que se emite con los pies en la frontera. Que nadie lo confunda con fuerza. Un gobierno que necesita abolir las elecciones para sobrevivir confiesa que no ganaría ni contra la población exhausta a la que ya empujó al exilio. La democracia nicaragüense llevaba años debilitada, si no anulada; esta semana solo se cayeron las máscaras. Y un régimen que ya no necesita mentir es más peligroso, porque dejó de importarle quién lo mira. ¡Hasta la próxima! *****Directora de FEE Studios, FEE