Hace unos años la «república federal era un cuento»; hoy la «república central» es una realidad. El tres de febrero de 1824, la nación mexicana optó “para su gobierno la forma de república representativa popular federal”. La naciente república, se integró con “estados independientes, libres y soberanos…” Con la primera Constitución, inició la disputa entre los conservadores que apoyaban el sistema centralista y los liberales, que pugnaban por el federalismo. El centralismo, con su fuerte dosis dictatorial, triunfó: La autonomía de las entidades federativas y, la libertad de los municipios, pasaron a formar parte del cuento de «la república federal». El régimen concentró recursos, fuerza y poder de decisión en la metrópoli; se transformó en un centralismo “soberbio”, como lo calificó Colosio, un centralismo que se apropió de todo: De la política, de las leyes, de los recursos hacendarios, de la cultura, del desarrollo económico y de la voluntad del Estado para responder a las demandas ciudadanas a distancia y de manera caprichosa… Se adueñó del cobro del 95% de los magros impuestos y se olvidó de promover en “la provincia” los principios de cooperación, equidad, corresponsabilidad, solidaridad, subsidiaridad y participación… Sujetó del cogote a los frágiles gobiernos estatales, “libres y soberanos”, «que no cobran impuestos», otorgándoles la graciosa dádiva de un porcentaje de sus ingresos. El sistema centralista, disfrazado de federalismo, perpetúo la pobreza fiscal de las entidades federativas y postró al “municipio libre”. Los Estados, son entes incapaces de atender las demandas sociales de seguridad e infraestructura y, «los municipios libres», acabaron en raquíticos establecimientos incapaces de brindarle a la población los servicios a los que los obliga la Constitución Federal. La república central, obesa y arterioesclerótica, como la mayoría de su población, gravó al pueblo con alcabalas, tarifas arbitrarias, derechos y aprovechamientos. Hoy los gobernadores veneran las arbitrariedades centralistas del supremo poder ejecutivo y, genuflexos, van a cada rato al centro para pedir ayuda, consejo, amparo, recursos, protección y hasta la bendición… Quién iba a pensar que el sueño centralista del «padre del conservadurismo mexicano», Lucas Alamán, se convertiría en realidad en estos tiempos del «nuevo liberalismo mexicano».