Gasolina: los subsidios no son la respuesta

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En California hay gasolineras donde el diésel llegó a $9.99 por galón, literalmente el máximo que pueden mostrar sus rótulos. En Guatemala, el diésel ya supera los 50 quetzales por galón en algunas estaciones, casi 70% más caro que hace un año. Y en Francia, la gasolina alcanzó su precio más alto de la historia. Una de las principales noticias de la semana es el alza en los precios del petróleo. El barril de Brent llegó a rozar los 110 dólares esta semana, y los combustibles están en niveles récord en muchos países. Desde que comenzó la guerra entre Estados Unidos e Irán en febrero, el estrecho de Ormuz, por donde pasa aproximadamente una quinta parte del petróleo del mundo, ha estado prácticamente cerrado. Antes pasaban más de 100 barcos al día; hoy pasan menos de diez. Arabia Saudita, el mayor exportador de crudo del mundo, produce hoy menos petróleo que en cualquier momento desde 1990. Y según la Agencia Internacional de Energía, más de 10 millones de barriles diarios de producción del Golfo están fuera del mercado (uno de cada diez barriles que consume el mundo). Esta semana, además, los ataques a tanqueros, el daño al principal oleoducto saudita y las nuevas amenazas de Irán sobre el estrecho añadieron todavía más incertidumbre a un mercado que ya estaba bajo presión. ¿Y qué nos está diciendo el precio? Que hay un problema de oferta. El mecanismo de precios está haciendo exactamente lo que debería hacer: cuando un bien se vuelve más escaso, su precio aumenta. Ese precio funciona como una señal. Les dice a los consumidores que hay que economizar y les dice a los productores que existe una oportunidad para llevar más oferta al mercado. Sin embargo, ante esta crisis, muchos gobiernos han respondido subsidiando el consumo o fijando precios máximos. Brasil, por ejemplo, destina cientos de millones de dólares al mes a subsidiar la gasolina y el diésel. República Dominicana gasta más de 19 millones de dólares a la semana para contener los precios. México, Colombia y Perú usan fondos de estabilización que evitan que el alza del crudo llegue completa al consumidor. En Guatemala, el Congreso aprobó un tope de Q39 para el diésel y la gasolina regular, financiado con un fondo público que cubre la diferencia con el precio de mercado. Subsidiar el consumo no resuelve el problema. Si la restricción está del lado de la oferta, reducir artificialmente el precio para el consumidor no crea ni un solo barril adicional de petróleo. Una respuesta de más largo plazo sería preguntarnos cómo aumentar la oferta disponible, cómo generar mejores incentivos para producir energía, diversificar las fuentes de suministro, invertir en infraestructura, etc. Por supuesto, la geopolítica importa, pero no debemos olvidar una de las reglas más básicas de la economía: cuando la oferta cae y la demanda permanece relativamente alta, el precio sube. Y en el caso del combustible, la demanda es especialmente rígida en el corto plazo; los economistas la llaman demanda inelástica. Aunque el precio aumente, salimos a trabajar y los camiones tienen que mover mercancía.