Por Lorenzo Bernaldo de Quirós es presidente de Freemarket International Consulting en Madrid, España y académico asociado del Cato Institute El amplio triunfo de José Antonio Kast en la elección presidencial chilena no supone sólo una simple alternancia en el poder, sino el retorno de un proyecto político asentado en los principios del denominado conservadurismo fusionista teorizado por Frank Meyer en los años cincuenta del siglo pasado; una visión que combina el liberalismo económico con la idea de la existencia de un orden moral objetivo pero que el Estado no ha de imponer por la fuerza. Esta síntesis ha sido caricaturizada y calificada por la izquierda radical de "extrema derecha" para, de esta forma, asimilarla a los movimientos populistas europeos de ese pelaje ideológico. La propuesta de Kast es la expresión de una sociedad que demanda ley, orden, libertad individual y responsabilidad macroeconómica. La victoria de la derecha chilena se produce sobre el paisaje de una herencia desoladora, marcada por una década perdida de estancamiento y de erosión institucional. Kast asume el poder en una nación lastrada por un déficit fiscal crónico, un incremento rampante de la burocracia acompañado de un deterioro sin precedentes de los servicios públicos y una crisis de seguridad inédita, donde el crimen organizado y la porosidad fronteriza han corroído la soberanía del Estado. Ante este escenario de retroceso económico y desorden social, el nuevo mandatario busca restaurar los pilares que hicieron posible el llamado "milagro chileno": la apertura comercial, la disciplina macroeconómica y el Estado de Derecho. En el plano económico, la columna vertebral del proyecto de Kast es el capitalismo de libre empresa y el rechazo frontal a cualquier forma de estatismo. El corazón de su plan reside en defensa de la propiedad y de la iniciativa privada en la convicción de que ambas son el único motor eficaz para crear riqueza, empleo y promover la movilidad social. En coherencia con esa visión, su propuesta se sustenta en una drástica reducción del tamaño del Estado chileno, convertido en una estructura sobredimensionada parasitaría la energía creadora de los ciudadanos. En ese marco se inserta su propuesta de reducir los impuestos para estimular el trabajo, el ahorro y la inversión, y devolver la de soberanía económica a quienes realmente generan valor: los individuos. Esa iniciativa se ve respaldada por una estrategia presupuestaria, basada en el recorte del gasto público para asegurar la sostenibilidad-solvencia de las finanzas públicas. La disciplina fiscal ha de verse acompañada por la monetaria para proteger la estabilidad de la moneda frente a la inflación, ese impuesto silencioso que suele ser el refugio y la consecuencia de los gobiernos demagógicos. Kast busca restaurar la prosperidad mediante la aplicación del principio de subsidiariedad; lease, el Estado no debe competir con el sector privado ni intentar sustituirlo; su labor ha de limitarse a intervenir allí donde la sociedad civil no puede llegar. Para comprender el posicionamiento de Kast es fundamental trazar una línea divisoria entre su ideario y el de la derecha nacional-populista europea. Mientras formaciones como el Fidesz húngaro, el Rassemblement National francés o la AfD alemana son movimientos proteccionistas e intervencionistas, Kast se erige como un paladín del liberalismo económico. Mientras los populistas europeos abogan por una defensa del Estado de Bienestar entendida desde el chovinismo social y son proteccionistas, Kast promueve la globalización. Su crítica no se dirige contra el libre comercio, sino contra la interferencia política en los flujos de capital. Su modelo es el del Estado mínimo, lejos de la concepción del Estado social y nacional de la extrema derecha europea, que comparte con la izquierda una desconfianza atávica hacia el mercado. La política de seguridad de Kast se erige como el cimiento indispensable para el ejercicio de la libertad. Bajo su Administración, el orden público no es un fin autoritario, sino la garantía básica para la preservación de la vida y de la propiedad de los ciudadanos. A diferencia del populismo europeo, que suele politizar la seguridad desde una narrativa identitaria o de rechazo cultural al "otro", la visión de Kast es eminentemente institucional y operativa. Su enfoque se basa en la recuperación del monopolio legítimo de la fuerza por parte del Estado, fortaleciendo a la Policía y a las Fuerzas Armadas mediante una protección legal clara que elimine la ambigüedad en su actuación. Para Kast, la seguridad es una infraestructura crítica del mercado. El robo, la extorsión del crimen organizado y el terrorismo en zonas rurales actúan como un impuesto revolucionario que asfixia la inversión. Por tanto, su apuesta por la mano firme es, en realidad, una medida imprescindible para el desarrollo económico: no puede haber crecimiento a largo plazo si el Estado es incapaz de garantizar la seguridad. Su doctrina se centra en la eficacia de la ley y la eliminación de la impunidad. El castigo al delincuente a quien viola la ley es la base del contrato social, pero el Estado ha de realizar esa función con un respeto escrupuloso a la separación de poderes y al marco constitucional. En materia de valores, Kast se posiciona en el conservadurismo social, pero su aproximación política no se traduce en imponer sus convicciones mediante la coerción legal, esto es, a través de la fuerza. No es un woke de derecha. Para el mandatario chileno, la familia es la institución fundacional que precede al Estado, pero entiende que habita en una sociedad plural con leyes ya asentadas. En consecuencia no busca ni ha planteado la derogación unilateral de legislación vigente en Chile sobre el aborto o el matrimonio homosexual. En un ejercicio de realismo democrático, su estrategia ha evolucionado hacia la persuasión y el apoyo positivo, promoviendo el fortalecimiento de la adopción y el acompañamiento a la maternidad vulnerable en lugar de la reversión punitiva del marco legal existente. Esta distinción es crucial. Kast representa una derecha que defiende sus principios en el debate cultural pero que respeta la pluralidad de valores de la sociedad civil. No es el reaccionario que busca volver al pasado por decreto, sino el conservador que protege las instituciones intermedias frente al constructivismo progresista. Su énfasis en el orden público, la disciplina macroeconómica y la libertad de mercado constituye una respuesta firme a la crisis que atravesaba la nación. En última instancia, la victoria de Kast simboliza la irrupción de un sector que, tras años de tibieza en el centroderecha tradicional, ha encontrado una voz clara para la recuperación de Chile bajo la premisa de que no hay progreso sostenible sin ley, ni libertad verdadera sin un Estado que sepa retirarse de la economía para centrarse en proteger a sus ciudadanos.