La Feria de las Culpas

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Todos los presidentes, sobre todo cuando algo no les sale bien, echan mano discursiva de que el gobierno anterior les dejó el país hecho un desastre, que se equivocaron en una política pública, que gastaron de más o de menos. Ahí está, por ejemplo, Trump con Biden. Pero pocos presidentes como López Obrador llevaron hasta la ignominia esta práctica. Y no sólo respecto al gobierno inmediatamente anterior sino, cuando menos, a los cuatro gobiernos que lo precedieron. Habría que checarlo con precisión, pero dudo que haya pasado alguna mañanera sin que apareciera un culpable del pasado: por la falta de crecimiento económico, por la violencia, la corrupción, la impunidad, la compra de votos, los vínculos o incluso colusión entre sector público y sector empresarial, la deuda, la informalidad, el estado de la educación y la salud, la falta de infraestructura o la mala gestión de PEMEX y la CFE. Para él todos los males que aquejaban y aquejan a México venían de atrás. Nada se le reconoció al “México de antes”. Vaya, ni el TLCAN, ahora TMEC, por el que su sucesora está haciendo hasta lo imposible por mantener a flote. Lo más extraño es que en prácticamente todos los indicadores se empeoró o se mantuvo el statu quo ante. Por ejemplo, AMLO dejó el mayor saldo histórico de deuda pública (del 43 al 51% del PIB), el menor crecimiento (0.8%) desde Miguel de la Madrid, Pemex creció por debajo del promedio de Peña y el costo para las finanzas públicas fue alrededor de 26% superior al del sexenio previo. La matrícula pública en educación básica cayó cerca del 5.5% y la población de estudiantes de 6 a 14 años disminuyó un 3.3%, algo que no se veía desde hace casi un siglo. Durante el sexenio, 24 millones de mexicanos más se quedaron sin acceso a ningún tipo de salud pública. La matrícula pública en educación básica cayó cerca del 5.5% y la población de estudiantes de 6 a 14 años disminuyó un 3.3% Tampoco hubo la tan mentada “separación entre el poder político y el poder económico” (como si se pudiera), la violencia se disparó, el crimen organizado creció en territorio controlado y se fortaleció financieramente. La corrupción e impunidad aumentaron. La “verdadera democracia” no llegó y más bien fue quedando un remedo de ella. No se podría decir que Peña Nieto y sus antecesores del PAN le hubiesen dejado a AMLO un país como Dinamarca, pero bajo los conceptos anteriores de ninguna manera le dejaron un país tan en ruinas como él entregó. Claudia Sheinbaum sí heredó un país hecho pedazos y tendría todos los argumentos y toda la razón de echarle la culpa a su antecesor y pedir tiempo para recomponer, al menos un poco, el desastre que recibió como legado. Sin embargo, y con gran estoicismo, no ha culpado a López Obrador de nada. No lo ha hecho ni en la palabra ni en los hechos (salvo en el caso del abandono de la política de abrazos, no balazos). No ha tocado ni con el pétalo de una rosa a su antecesor. Por el contrario, lo ha alabado y reivindicado una y otra vez. Los culpables siguen siendo los mismos. Los del llamado neoliberalismo. No ha tocado ni con el pétalo de una rosa a su antecesor. La carta que tienen los gobernantes de echarle la culpa al antecesor ya la desechó. Por miedo, por lealtad, por convicción o por la razón que sea la presidenta nos ha dicho: AMLO siempre será un ejemplo de honradez, austeridad y amor al pueblo, compartimos el mismo proyecto y “nunca nos vamos a separar”. La otra carta que pueden jugar los gobernantes por su mal desempeño es echarle la culpa al congreso por obstruir sus proyectos. Esto ocurre con casi todos los jefes de gobierno democráticos porque pocas veces gozan de mayorías para su partido y prácticamente nunca de mayorías calificadas. Culpar a la oposición en el Congreso es la práctica más socorrida. Esta carta no está en la baraja de Sheinbaum porque controla todas las instituciones y el Ejecutivo volvió a ser el poder de los poderes. No hay Congreso a quien acusar de obstruccionista, no hay Suprema Corte que le tumbe sus leyes y decretos por inconstitucionales, no hay órganos autónomos que obstaculicen sus políticas. Vaya, ni siquiera hay autoridades electorales que castiguen su intervención en las elecciones o los actos anticipados de campaña que ya estamos viendo hoy. Su único contrapeso es, lamentablemente, Estados Unidos. De esa nación se defiende como gato boca arriba, por ahora. Corrijo. Defiende a los narco-políticos. Pero si de narrativas se trata, ya se instaló la idea de que México es un narco-Estado y que si ella sigue dando protección a los políticos podría caer en la misma canasta. Seis años de gobierno de su antecesor y casi dos años del propio van haciendo cada vez más cuesta arriba el pretendido éxito del segundo piso de la 4-T. Pero mejor señalar a los gobernantes de hace 10 o 20 o 30 años que admitir la derrota. Si echarle la culpa al pasado comienza a dejar de funcionar, a Sheinbaum ya sólo le queda la otra estrategia discursiva de que México es una maravilla. Ésta también se agota porque no tiene asidero en la realidad. Está sostenida en cifras amañadas o de plano falsas. Y si no, pregúntenselo a las madres de los desaparecidos, a los policías y elementos del ejército caídos, a los transportistas, a los pequeños empresarios que pagan sus impuestos al SAT, a las autoridades locales y al crimen organizado, a los académicos de instituciones de educación destruidas, a los niños y niñas sin clases porque sus maestros se van a los plantones, a los trabajadores de la salud que no cuentan con insumos, a los incautos que participan en una licitación cuando el contrato ya fue asignado, al 50% de los encarcelados que llevan años sin sentencia, a los que se les ha dictado prisión preventiva sin evidencias y un largo etcétera de personas agraviadas por el gobierno y víctimas, que la presidenta, como su antecesor, se niega a escuchar y mucho menos a recibir.