“No podemos resolver nuestros problemas con el mismo nivel de pensamiento que los creó” Albert Einstein En tiempos donde las pandemias nos recuerdan que la salud humana está inextricablemente vinculada con la salud animal y ambiental, el enfoque de "Una Sola Salud" cobra una relevancia sin precedentes. Este paradigma reconoce que aproximadamente el 75% de las enfermedades emergentes en humanos tienen origen zoonótico, es decir, se transmiten desde animales a personas. Desde el COVID-19 hasta el ébola, la rabia y la gripe aviar, estas amenazas sanitarias demuestran que no podemos proteger la salud de las personas sin cuidar también la de los animales y los ecosistemas donde convivimos. En este contexto, la medicina veterinaria emerge como un actor insustituible en la protección de la salud pública. Los médicos veterinarios no solo cuidan a las mascotas que acompañan nuestros hogares; son centinelas en la detección temprana de enfermedades zoonóticas, guardianes de la seguridad alimentaria y profesionales clave en la vigilancia epidemiológica que previene brotes antes de que alcancen a la población humana. Como lo establece la Organización Mundial de Sanidad Animal, el personal veterinario está en primera línea de la implementación del enfoque. La relevancia de esta profesión se magnifica cuando consideramos que el 60% de todos los patógenos humanos se originan en animales. En México, donde la ganadería y la tenencia de mascotas forman parte integral de nuestra vida cotidiana, la labor veterinaria abarca desde la supervisión en rastros y la inspección de productos de origen animal hasta el control de vectores y la vacunación masiva de animales de compañía. Cada una de estas actividades, aunque a menudo invisible para el ciudadano promedio, constituye una barrera sanitaria que nos protege de enfermedades como la leptospirosis, la brucelosis, la salmonelosis y la rabia. Sin embargo, la medicina veterinaria enfrenta hoy desafíos sin precedentes por el volumen de información que debe procesarse y la complejidad creciente de las enfermedades emergentes. Es aquí donde la inteligencia artificial (IA) se presenta como una herramienta transformadora. La IA está revolucionando la práctica veterinaria en múltiples frentes. Desde sistemas de diagnóstico por imagen que detectan anomalías en radiografías y resonancias con precisión comparable o superior a la del ojo humano, hasta algoritmos capaces de predecir brotes de enfermedades mediante el análisis de patrones epidemiológicos en tiempo real. Dispositivos portátiles con IA monitorean el comportamiento y signos vitales de animales de granja, permitiendo la detección temprana de enfermedades antes de que se manifiesten clínicamente, mientras que en clínicas veterinarias, analizadores automatizados interpretan muestras de sangre y orina en minutos, liberando tiempo valioso para que los profesionales se concentren en la atención directa. No obstante, como toda tecnología disruptiva, la IA en medicina veterinaria plantea importantes interrogantes éticas y regulatorias. La British Veterinary Association (BVA), en su documento de posicionamiento del pasado 7 de enero sobre IA en la profesión veterinaria, establece principios fundamentales que deberían guiar su implementación. El primero y más importante: la IA debe ser una herramienta de apoyo, nunca un sustituto del criterio profesional veterinario. Como profesionales regulados, los médicos veterinarios deben mantener siempre la responsabilidad final sobre las decisiones clínicas, independientemente del nivel de sofisticación de las herramientas tecnológicas que utilicen. El documento de la BVA también advierte sobre riesgos críticos: el sesgo algorítmico que puede surgir cuando los sistemas de IA se entrenan con conjuntos de datos no representativos, la privacidad de la información de los pacientes y sus propietarios, y la posibilidad de que se genere una "brecha digital" entre profesionales que adoptan estas tecnologías y quienes no tienen acceso o capacitación para utilizarlas. Más preocupante aún es el riesgo de que los sistemas automatizados, sin supervisión humana adecuada, tomen decisiones que comprometan el bienestar animal o la salud pública En México, donde aún no existe un marco regulatorio específico para la IA en salud veterinaria, resulta urgente que las autoridades sanitarias y los colegios profesionales inicien el diálogo para establecer directrices claras. Estas regulaciones deben garantizar que las herramientas de IA sean transparentes en cuanto a cómo fueron desarrolladas, con qué datos se entrenaron y qué limitaciones presentan. Los desarrolladores deben involucrar a profesionales veterinarios desde las etapas iniciales del diseño, asegurando que las soluciones tecnológicas respondan a necesidades reales de la práctica clínica y cumplan con estándares de calidad basados en evidencia científica y de cómo se obtendrá el consentimiento informado de los propietarios de animales, y qué protocolos de supervisión humana se implementarán. El desafío es formidable, preparar veterinarios que piensen críticos ante la IA, que lideren regulación responsable y que entiendan que su rol es insustituible en la defensa de la salud pública nacional.