La Orbanización de la 4-T

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Derecha o izquierda. Esa no es la cuestión. Hungría se ha librado de un autócrata que manejó a sus anchas el gobierno húngaro durante 16 años. Ni su reforma electoral para evitar que la oposición ganara las elecciones acabó funcionando. Magyar y Tisza arrasaron a pesar de haber desaparecido la representación proporcional y adoptar un sistema de mayoría que permite convertir porcentajes de votos relativamente bajos en una super-mayoría de escaños. Así le ocurrió a Orbán durante cuatro elecciones hasta que Tisza arrasó y la súper-mayoría cambiará de manos. El partido ganador se quedará con 69% de los asientos en el parlamento con tan sólo el 53% de los votos. Para permanecer en el poder hubiera sido necesario que Orbán diera un golpe de Estado. Esa vía estaba fuera del tablero. Probablemente porque Hungría habría sido expulsado de la Unión Europea en la que el país ya estaba pagando muchos costos económicos y de la OTAN. Una línea difícil de cruzar. Por qué es importante para México conocer esta experiencia. Por muchos motivos. El primero de ellos, ni más ni menos, es porque Orbán llegó al poder en 2010 con promesas muy similares a las que hizo López Obrador. Particularmente la de acabar con la gran corrupción. Aquí algunos paralelismos. No tuvieron que pasar 16 años para reconocer al autócrata. Al poco tiempo de llegar comenzó a concentrar el poder. Primero de facto y después de jure. Primero violando las leyes y después cambiándolas para satisfacer sus apetitos autocráticos. Como en México. Al poco tiempo de llegar comenzó a concentrar el poder. Hungría no dejó de ser una democracia en una sola ruptura, sino a través de una secuencia acumulativa de cambios legales, constitucionales, electorales, mediáticos, económicos y administrativos con los que Orbán y su partido (Fidesz) transformaron una democracia competitiva en un régimen que hoy se describe como “autocracia electoral” o “democracia iliberal”. La erosión democrática se operó desde dentro. Primero a través de usar el poder discrecionalmente y al margen de la ley. Después usando las mayorías obtenidas para reestructurar las reglas del juego, debilitar a los árbitros, reducir contrapesos institucionales y sociales. Como en México. Orbán modificó la competencia electoral, el control constitucional y judicial, desapareció o cooptó los órganos autónomos y reguladores, pasó por encima de los medios y del espacio social. Según Freedom House, en Hungría se extendieron cada vez más las leyes y las prácticas que dificultaban el trabajo de grupos opositores, periodistas, universidades y ONG críticas. Particularmente, las anti-corrupción. Como en México. En Hungría se amplió el margen de acción del Ejecutivo. Pero también el poder de las mayorías legislativas. Como en México. Los dos tercios que obtuvo de manera ilegal Morena en el Poder Legislativo no fueron sólo para expandir e intensificar más el poder del presidente(a) sino también el propio. La mayoría de Morena y aliados desaparecieron la revisión judicial para las reformas constitucionales. Decretaron su inimpugnabilidad. Si el Congreso aprueba una reforma que atenta contra los derechos fundamentales o si el proceso que se usó para votar dichas reformas fue manipulado, no importa: la mayoría lo decidió. La mayoría de Morena y aliados desaparecieron la revisión judicial para las reformas constitucionales. Quizá el paralelismo más fuerte es lo que ocurrió con el Poder Judicial. En Hungría, Orbán redujo la autonomía del Tribunal Constitucional, alteró la administración de la judicatura y, según la Comisión de Venecia, fue trasladando cada vez más poder decisorio a un diseño institucional favorable a la mayoría gobernante. Como en México Y, en nuestro caso, peor. La reforma judicial de septiembre de 2024 introdujo la elección popular de jueces, magistrados y ministros, acortó mandatos y creó un Tribunal de Disciplina Judicial. Por añadidura, la reforma de octubre de 2024 estableció que no proceden controversias constitucionales, acciones de inconstitucionalidad ni juicio de amparo contra adiciones o reformas a la Constitución. Cuando Orbán llegó al poder Hungría era una democracia plena. Al terminar era clasificada por prácticamente todos los índices como una autocracia electoral. México está en esa trayectoria y muy cerca de esa calificación. Pasamos de una democracia con pluralismo efectivo a un orden donde las elecciones persisten, pero los límites al poder se han debilitado hasta casi desaparecer. Lo mismo ocurrió con la corrupción. Durante los cuatro periodos de Orbán Hungría perdió 34 lugares en el ranking de corrupción de Transparencia Internacional. Pasó de ocupar el lugar 50 al 84. Podemos estar satisfechos de que Orbán se haya ido con su cauda de autoritarismo y corrupción. Pero, no sabemos qué hará el próximo gobierno de Magyar. Lo que está claro es que los poderes que le dejó Orbán a través de los cambios constitucionales que hizo en sus 16 años de gobierno ahí están para que los pueda usar a su gusto. Ese poder que Orbán se auto-otorgó a través de sus hipermayorías, permanecerán para bien o para mal salvo que su partido que controla el congreso las revierta. Habrá que esperar, pero por lo regular los gobiernos no se auto-despojan. Por eso los contrapesos son uno de los pilares de la democracia. Por lo pronto, Magyar ha tenido gestos que habría que reconocer. El límite del mandato de Primer Ministro a dos periodos, la valoración de las organizaciones de la sociedad civil y la apertura a la prensa libre en sus primeras apariciones.