La relación México-Canadá no debe pasar por Washington

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Por Oscar Ocampo Director de Desarrollo Económico La relación México-Canadá históricamente ha dependido de un tercero: Estados Unidos. En el imaginario colectivo –y frecuentemente en la política pública– la agenda mexicana-canadiense hace escala en Washington. Esto no debería ser así. Esta relación bilateral es demasiado relevante para no analizarla y atenderla en lo individual. Pensar la relación solo en función de su interacción con el vecino común limita su potencial y reduce la capacidad de ambos países para definir prioridades propias. Los mexicanos manejan vehículos con partes canadienses que se transportaron en ferrocarriles canadienses. La industria mexicana opera con gas natural que se transportó en gasoductos canadienses. Los fondos de pensiones canadienses invierten en proyectos de infraestructura en México que repercuten en las posibilidades de crecimiento de ciudades y estados. Estos son apenas tres ejemplos de una relación mucho más profunda de lo que suele percibirse. En 2025, Canadá fue el segundo mercado de exportación de México con 22.2 mil millones de dólares (mmdd) y es un proveedor significativo con 12.6 mmdd importados de ese país. Considerando el comercio total del país, Canadá fue su cuarto socio comercial. Sin embargo, estas cifras no capturan la verdadera magnitud de la relación económica bilateral, pues una parte sustancial de su dinamismo ocurre dentro de cadenas de valor profundamente integradas en América del Norte, donde México, Canadá y Estados Unidos no solo comercian productos terminados, sino que coproducen bienes mediante procesos industriales compartidos. Desde el ángulo de la inversión, no se debe subestimar la presencia de Canadá en México. La inversión canadiense en la minería, la infraestructura energética, el sector automotriz, las finanzas, el transporte ferroviario o la agroindustria. Por ello importa lo ocurrido esta semana. Una delegación de alrededor de 400 empresas canadienses encabezada por el ministro responsable de los temas comerciales del gobierno de Mark Carney, Dominic LeBlanc, visitó la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey con el objetivo de desarrollar un plan de acción para promover la integración económica entre ambos países. No se trata de un gesto protocolario, sino de una señal estratégica en medio de la turbulencia por la que pasa la relación comercial de América del Norte en vísperas de la primera revisión del Tratado México-Estados Unidos-Canadá (T-MEC). En paneles, foros y columnas de opinión se repite que América del Norte es la región mejor posicionada para tener éxito en la economía del siglo XXI. Canadá es un socio clave en términos de transición energética, minerales críticos e, incluso, inteligencia artificial. Apostar por una América del Norte más competitiva implica, entonces, fortalecer los mecanismos trilaterales que faciliten comercio e inversión –abogando por mantener la naturaleza tripartita del espíritu, letra y nombre del T-MEC–, pero también reconocer que la relación directa entre México y Canadá tiene valor por sí misma. Solo así la relación bilateral dejará de pasar por Washington y comenzará, verdaderamente, a pasar por Ottawa y Ciudad de México.