La trampa de la caridad

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Por Mani Basharzad Uno de los primeros intentos de la segunda administración Trump por recortar el gasto público fue a través de masivos recortes y despidos en USAID. Ahora, la misma administración presiona a las Naciones Unidas para que adopten políticas más orientadas al comercio en lugar de la ayuda exterior: la estrategia de “comercio en vez de ayuda”. Si bien no es evidente cómo los aranceles de Trump están beneficiando a las naciones pobres a través del comercio, igualmente es necesario repensar la ayuda exterior. La economía del desarrollo fue moldeada en parte por los debates intelectuales entre los economistas soviéticos tras la muerte de Lenin, como señala Peter Boettke en The Political Economy of Soviet Socialism. De esas discusiones surgieron ideas como los planes quinquenales, que contribuyeron a la creación de la economía del desarrollo, la cual, en sus inicios, se centraba en planificar el desarrollo mediante una masiva intervención estatal. Décadas después del colapso de la Unión Soviética, los vestigios de ese pensamiento aún pueden encontrarse en las políticas de desarrollo. Uno de esos vestigios es la ayuda externa. Aunque puede ser práctica y útil, como en el caso del suministro de vacunas, no ha demostrado ser una estrategia efectiva para el crecimiento a largo plazo. Por ejemplo, el 80% del presupuesto de Afganistán provenía de la ayuda externa, sin que se lograran avances significativos. Para entender la ayuda externa, primero debemos comprender el concepto de la trampa de la pobreza. Esta se define como un ciclo que se retroalimenta a sí mismo, en el que la falta de recursos —como educación y capital— impide que las personas salgan de la pobreza. En otras palabras, se es pobre porque se es pobre, no como resultado de decisiones específicas; y la única manera de romper ese ciclo, en teoría, es que un tercero provea los recursos que faltan, como capital, escuelas u otro tipo de asistencia. La idea puede parecer intuitiva, pero tiene un problema: es una explicación convincente de la pobreza y su naturaleza autoperpetuante, pero carece de una descripción de cómo se crea la riqueza en realidad. Si tomamos en serio la trampa de la pobreza, la implicación política es obvia: los países ricos deben otorgar ayuda externa a los países pobres para ayudarlos a salir de la pobreza. Pero una pregunta fundamental de la ciencia económica sigue sin respuesta: ¿cómo lograron algunos países enriquecerse mientras otros permanecieron pobres? Hace trescientos años, cuando todos los países eran pobres en comparación con los estándares actuales, ¿quién le dio ayuda externa a la Gran Bretaña victoriana para que saliera de la pobreza? ¿Quién le dio dinero a los Estados Unidos para que se industrializara? Lo que Deirdre McCloskey llama el Gran Enriquecimiento —el aumento del 3,000% en el ingreso real por persona desde 1800— no fue producto de la ayuda ni de la planificación, sino del reconocimiento de la dignidad del individuo y de la importancia de la libertad. La idea de libertad se volvió fundamental para la sociedad occidental, y el comercio dejó de ser visto como algo deshonroso. Los comerciantes pasaron a formar parte de la élite tanto en los Países Bajos como en Inglaterra. El elemento que en esencia falta en gran parte del pensamiento sobre el desarrollo es la libertad de los pobres. Las poblaciones de los países en desarrollo suelen ser vistas como personas que necesitan planes y orientación por parte de grandes gobiernos, en lugar de individuos cuya libertad debe ser protegida para que puedan descubrir, crear e innovar. Lo que cambió no fue solo la política, sino las ideas —en particular, la idea de progreso en sí misma. Anne Robert Jacques Turgot, un fisiocrático francés que influyó en Adam Smith, fue uno de los primeros pensadores en defender el progreso como algo posible y deseable. Antes de eso, el progreso no era considerado ampliamente como algo bueno. Sin embargo, muchos economistas destacados siguen viendo en la ayuda externa la solución. La economista ganadora del Premio Nobel Esther Duflo argumentó en una entrevista de 2024 con el Financial Times que Occidente tiene una “deuda moral” de 500,000 millones de dólares con las naciones más pobres. Pero, ¿pueden 500.000 millones de dólares resolver el problema? En el último medio siglo, los países occidentales han gastado más de 2 billones de dólares en ayuda externa, y en lugar de desarrollo, lo que se ha generado con frecuencia es dependencia. La razón es clara: la ayuda no cambia las instituciones, la cultura ni el modelo económico de los países pobres. William Easterly lo señala en su crítica al Banco Mundial, argumentando que este tiene una obsesión con la palabra gobernanza mientras evita la palabra democracia. Como apuntó, “la Oficina de Prensa del Banco Mundial le explicó al autor que el Banco Mundial legalmente no puede, por su propio estatuto, utilizar la palabra democracia.” El problema que enfrentan las naciones en desarrollo no es principalmente de recursos, sino de ideas. Como escribió Ludwig von Mises en Money, Method, and the Market Process: “El problema de hacer más prósperas a las naciones subdesarrolladas no puede resolverse con ayuda material. Es un problema espiritual e intelectual. La prosperidad no es simplemente una cuestión de inversión de capital. Es un asunto ideológico. Lo que los países subdesarrollados necesitan en primer lugar es la ideología de la libertad económica y la empresa privada.” Si las ideas no cambian, las instituciones tampoco pueden cambiar. Y sin reglas que promuevan la libertad y la libre empresa, ninguna cantidad de ayuda externa será suficiente. La ayuda externa sin gobierno limitado, democracia y estado de derecho —y sin una cultura intelectual que respalde esos principios— se convierte en un ciclo autoperpetuante de dependencia en el que los países dejan de pensar en el crecimiento y solo piensan en la próxima ronda de ayuda. Quizás es hora de pensar menos en la trampa de la pobreza y más en la trampa de la ayuda externa. ****Mani Basharzad es periodista económico.