El temor, especialmente entre los seres humanos, es una respuesta al mismo tiempo emocional, cognitiva y corporal ante la percepción de un peligro real, posible o imaginado. Puede entenderse como un estado de alarma orgánico, que nos mueve a prepararnos a fin de contrarrestar dicho peligro. En la medida en que aumenta, el temor desestabiliza cualquier cosa a la que llamemos normalidad. Atrae y nuestra atención, el campo de visión cambia y lo que era una posibilidad percibida como lejana, en tiempo o espacio, se vuelve cercana, próxima, incentivando mayor atención y cambios dirigidos a dar respuesta. La complejidad y fuerza del temor que podemos llegar a tener, son un claro indicador de dos factores clave convergiendo en un momento dado: por un lado, el grado de desconocimiento sobre lo que sentimos que es un riesgo o peligro, lo cual se combina, por otro lado, con la vulnerabilidad intrínseca de nuestro organismo y de los retos para adaptarnos continuamente al entorno ecológico y social en el que vivimos. Posiblemente una de las mayores vulnerabilidades proviene de la confianza en nuestras certezas, especialmente cuando entre estas predominan las que nos hacen creer superiores, mejores o con más merecimientos que los demás. Viene a mi memoria esta escena de la película "Conclave", en la que el cardenal Lawrence, responsable del proceso de sucesión del Papa dice en su mensaje a los cardenales: "La certeza es el enemigo la duda. Si hubiera solamente certeza y no duda, no habría misterio y por lo tanto no habría necesidad de la fe". (Edward Berger, Conclave, Film Nation Entertainment, 2024). En más de un sentido vivimos bajo el signo de diversas formas de violencia, que propician y alimentan el temor en personas y comunidades. Hoy en día se multiplican en el mundo los enfrentamientos históricos e interminables, cada vez más violentos, entre la avaricia y la pobreza, lo necesario y lo suficiente en poder, territorio y riquezas, tu verdad y la mía, el aprecio y el desprecio a la vida humana. Del temor, grande o pequeño pero constante, que provoca esta enorme colección de formas de violencia, hay una pregunta común: ¿no será que es imposible que haya una razón mía excluyendo la del otro? ¿por qué este bloqueo para entender que mi certezas pueden conversar con mis dudas? ¿será que el instinto nos gana porque somos primeramente vida orgánica, y después tratamos de encontrar la solución individual, olvidándonos de todo lo demás que nos hace humanos? Con un saludo cordial, gracias de antemano por tus comentarios.