Arrancó la Copa Mundial. Este jueves, en el Estadio Azteca rebautizado Estadio Ciudad de México por las reglas de patrocinio de la FIFA, México y Sudáfrica abrieron la edición XXIII del torneo: la primera con 48 selecciones, la primera organizada por tres países y la primera con un balón que se carga como un teléfono antes de cada partido. México estrena además un récord propio como el primer país en albergar tres Mundiales y el Azteca, el primer estadio en recibir tres inauguraciones. Hay motivos para celebrar, pero también mucho que revisar. Los torneos de esta magnitud suelen prometer una derrama económica que justifica un gasto público exagerado. Las cifras oficiales la alimentaron con generosidad. La Federación Mexicana de Fútbol anticipó una derrama superior a los 3,000 millones de dólares y la llegada de 5.5 millones de visitantes. Pero esta semana, Moody's calculó que el torneo aportará 0.14 puntos al PIB mexicano, con una derrama turística cercana a los 1,030 millones de dólares y 768 mil visitantes, no los millones prometidos. Anfitriones de Airbnb en la Roma y la Condesa triplicaron sus tarifas anticipando una avalancha que no llegó y terminaron bajándolas; apenas una de cada diez reservas se vincula al torneo. Del lado estadounidense, la asociación hotelera reportó la misma historia en casi todas las sedes. Muchos argumentan que los megaeventos pueden dejar infraestructura útil y un efecto halo que atrae turismo por años, citando Barcelona 92 como un caso de éxito. Pero es una idea incompleta porque las obras de último minuto siguen costando cuando las cámaras se van. Y luego está lo que el Estado preferiría que no vieras. En Monterrey, por ejemplo, el gobierno levantó muros de concreto, malla ciclónica y lonas de bienvenida sobre Constitución y Morones Prieto para ocultar las colonias marginadas que dan a las rutas turísticas. La imagen es perfecta porque es literal: hay una ciudad que se exhibe y otra detrás de la lona. Ese es, al final, el modelo de negocio del Mundial. La FIFA cobra, el político corta el listón y el ciudadano se queda con la cuenta.