El inicio de la primera ronda de conversaciones entre México y Estados Unidos rumbo a la revisión del T‑MEC en marzo de 2026 marca un punto crítico para la integración económica de América del Norte. A diferencia de las negociaciones de 2017‑2018, este proceso ocurre en un entorno global más incierto, con tensiones geopolíticas, reconfiguración de cadenas de suministro y una creciente competencia tecnológica entre las potencias mundiales. El T‑MEC ha sido un ancla de estabilidad comercial, pero también un instrumento sujeto a presiones políticas internas. Estados Unidos llega a la mesa con un discurso centrado en fortalecer la seguridad económica, reducir dependencias estratégicas y revisar compromisos laborales y ambientales. México, por su parte, busca preservar certidumbre para la inversión, defender su competitividad manufacturera y evitar que la revisión se convierta en un mecanismo para imponer nuevas restricciones o condicionalidades. Esta primera ronda es clave para definir el tono del proceso y anticipar los temas más sensibles. Desde una perspectiva económica, la revisión del T‑MEC ocurre en un momento en que la región experimenta un auge del “Nearshoring”, impulsado por la relocalización de empresas asiáticas y por la necesidad de Estados Unidos de asegurar cadenas de suministro críticas. México se ha posicionado como el principal socio comercial estadounidense, superando a China, lo que le otorga una ventaja estratégica pero también lo expone a mayores exigencias regulatorias. Sectores como automotriz, semiconductores, dispositivos médicos, agroindustria y energías limpias serán centrales en la discusión del T-MEC durante 2026. Estados Unidos podría buscar ajustes en las reglas de origen automotrices, mayor supervisión laboral en manufactura y revisiones a los mecanismos de solución de controversias. México, en contraste, insistirá en mantener reglas que favorezcan la integración productiva y en evitar cambios que encarezcan la producción o reduzcan su atractivo como destino de inversión. El reto será equilibrar competitividad regional con las presiones políticas estadounidenses por reindustrializar su economía. En el ámbito comercial, la revisión del T‑MEC también estará influida por disputas abiertas en energía, maíz transgénico, acero y aluminio, así como por la creciente importancia de la seguridad nacional en la política comercial estadounidense. La administración estadounidense podría buscar mayor alineación regulatoria en sectores estratégicos, particularmente en energía y tecnologías limpias, donde México ha mantenido políticas que generan fricciones con inversionistas y socios comerciales. Asimismo, es probable que Estados Unidos presione para fortalecer mecanismos de cumplimiento laboral, dado que el capítulo laboral del T‑MEC ha sido uno de los más utilizados desde su entrada en vigor. México, por su parte, buscará resolver controversias sin comprometer su soberanía regulatoria, especialmente en energía, y defenderá el acceso preferencial a mercados agrícolas y manufactureros. La negociación será compleja porque ambos países llegan con prioridades divergentes, pero con la necesidad compartida de mantener la estabilidad del acuerdo. El contexto político también influirá de manera determinante. En Estados Unidos, la revisión del T‑MEC se inserta en un ambiente de polarización y en un debate interno sobre la protección de empleos y la competencia con China. En México, la transición política de 2024 y los cambios en la política industrial y energética generan incertidumbre sobre la postura que adoptará el gobierno en la mesa de negociación. Ambos países enfrentan presiones internas. Los sindicatos y productores estadounidenses demandan reglas más estrictas, mientras que sectores industriales mexicanos buscan certidumbre y continuidad. La revisión del T‑MEC no es simplemente un ejercicio técnico; es un proceso profundamente político que puede redefinir la relación bilateral para la próxima década. La primera ronda de conversaciones permitirá identificar hasta qué punto existe disposición para modernizar el acuerdo sin fracturar la integración económica que ha caracterizado a la región desde 1994. Finalmente, el inicio de las conversaciones rumbo a la revisión del T‑MEC en 2026 representa una oportunidad para fortalecer la competitividad de América del Norte, pero también un riesgo si las negociaciones se politizan o se utilizan como instrumento de presión unilateral. México y Estados Unidos deben equilibrar intereses nacionales con la necesidad de preservar un marco comercial estable que favorezca la inversión, la innovación y la resiliencia de las cadenas de suministro. La clave será mantener un diálogo técnico, transparente y orientado a resultados, evitando que la revisión derive en incertidumbre prolongada. Esta primera ronda será determinante para definir si el T‑MEC se consolida como un acuerdo moderno y estratégico o si se convierte en un nuevo foco de tensiones comerciales. La capacidad de los países del T-MEC para negociar con visión de largo plazo será esencial para mejorar el futuro económico de América del Norte. ****Profesor Investigador en Economía Internacional en El Colef. Distinguido miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores. Ha sido también profesor en la Universidad Iberoamericana, CISE, “fellow” y “guest scholar” en UCSD y profesor visitante en UC Irvine.