Montserrat vs. mil máscaras

foto-resumen

Certeras son las palabras que Montserrat Silvestre Caballero pronuncia al final de la escabrosa senda que le tocó recorrer: “En la salud y en la enfermedad se conocen a los amigos y, en la política, también; quién se queda y quién se va”, dijo Montserrat. Ahora que su embarcación hace agua, le faltó agregar que, «también en la cárcel», se conoce a los amigos. Con amarga resignación reflejada en su rostro revela que, muchos de esos funcionarios que le decían, ‘amiga’, se ocultaban tras una máscara: “La gente me lo decía…cuídate de ese, cuídate de aquel y, yo, paraba la oreja”, confiesa hoy Monserrat Silvestre. Máscaras, Máscaras Mexicanas, como las del Laberinto de las Soledad de Octavio Paz: “…máscara el rostro y máscara la sonrisa…”. Máscaras tras las que se escondían las verdaderas emociones de los ladinos rostros que la engañaron cuando le decían ‘amiga’. Antifaces que ocultaban las intenciones de los que en su presencia la adulaban y, a sus espaldas, se pitorreaban de ella: - “Es usted lo máximo jefa…vamos muy bien Monserrat…adelante con la cuarta transformación…qué bien se ve hoy…todo nuestro apoyo a la linda hermosa flor de Oaxaca… ¡Qué viva Montserrat…!”-. Muy tarde se dio cuenta que, esos cumplidos excesivos, eran la parte más llamativa de aquellas máscaras sonrientes que la alababan y le decían cosas dulces al oído. Los elogios exagerados, nunca antes escuchados, nunca antes recibidos, inflaron tanto su vanidad y ego que le hicieron sentir que flotaba entre las nubes. Rendida ante la lambisconería y manipulación de los halagos, Montserrat Silvestre premió a los arrastrados con cargos de primer nivel en su gobierno. Hoy, cuando poco a poco se va quedando sola; cuando triste es su situación al final de su atribulado mandato, observa impotente a los rajados quienes, impúdicamente, se quitan máscaras del engaño y muestran su verdadero rostro. Tarde se dio cuenta que, ‘la adulación es un comercio vergonzoso’, que sólo les fue útil a los aduladores que le decían: “amiga, ¡qué bien se ve hoy!”. Mareada en el ladrillo del poder, se le olvidó el consejo de su madre santa: “cuídate de los aduladores Montserrat”.