Pagos digitales forman parte de la vida diaria, pero ocho de cada diez transacciones cotidianas se siguen realizando en efectivo

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Compras un café y pagas con tu celular. Le transfieres dinero a un familiar y lo recibe en segundos. Reservas un viaje, pagas un servicio o haces una compra en línea sin sacar ni un billete de la cartera. Para millones de mexicanos, los pagos digitales ya forman parte de la vida diaria. Sin embargo, cuando salimos a la calle, la realidad es otra: ocho de cada diez transacciones cotidianas se siguen realizando en efectivo. Más que una costumbre, esa dependencia del efectivo es uno de los principales obstáculos para que México crezca más, incorpore a más personas a la economía formal y para que más personas puedan tener un crédito. Además, el efectivo alimenta la inseguridad e informalidad, males que contribuyen al bajo crecimiento de la productividad en México. Resulta paradójico. México cuenta con una de las infraestructuras de pagos electrónicos más robustas de América Latina. El SPEI (siglas de Sistema de Pagos Electrónicos Interbancarios), desarrollado por Banco de México hace más de dos décadas, procesó durante 2024 más de 5,400 millones de operaciones por un valor superior a 579 billones de pesos. La tecnología existe. Lo que no hemos logrado es que llegue a todos los rincones de la economía. Solemos pensar en el efectivo como una forma simple de pagar que no genera cargos adicionales. Es todo lo contrario. Elegir pagar en billetes y monedas, en lugar de hacerlo en forma electrónica, implica costos aún más elevados que al final todos terminamos pagando. Para las empresas y comercios: transportar, contar, custodiar y depositar dinero en físico cuesta tiempo y dinero. Para el gobierno: la economía informal vive mayoritariamente en efectivo y fuera del sistema de recaudación de impuestos. No es poca cosa: en 2024 el INEGI estimó que la informalidad ocupaba más de la cuarta parte (25.4%) del PIB (producto interno bruto). Más grave aún: esa proporción ha sido la más alta y muy probablemente sigue en aumento. Para las personas sin historial de pagos digitales es difícil acceder a un crédito formal. Hoy, de 4.9 millones de MiPyMEs sólo 1 millón es sujeta de crédito, y de esas, apenas el 27.6% lo tiene. El efectivo y la informalidad suelen reforzarse mutuamente. Cuando una parte importante de la actividad económica ocurre fuera de los canales formales, se limita el acceso al financiamiento, se reduce la productividad y se restringe el potencial de crecimiento del país. ¿Por qué no hemos avanzado más? No es por falta de infraestructura o tecnología: el Banco de México ya ha avanzado bastante, y México cuenta con distintas soluciones para pagar digitalmente —transferencias instantáneas, códigos QR, pagos por número celular, terminales para tarjetas—. Ninguna, sin embargo, ha alcanzado por sí sola la escala necesaria para desplazar al efectivo. Los cambios que propone el Banco de México a las transferencias instantáneas pondrán esas herramientas a la altura de los estándares internacionales en los próximos meses. Las terminales punto de venta ya cubren centros comerciales y restaurantes, pero donde más mexicanos hacen sus compras cotidianas —mercados, tianguis, changarros— el efectivo sigue siendo la única opción. La infraestructura existe en distintas formas; lo que ha faltado es una estrategia que las articule. Brasil lanzó Pix en noviembre de 2020 y en menos de dos años se convirtió en el método de pago más usado en ese país, reduciendo el uso de efectivo del 48% al 22% de las transacciones. India, con su sistema UPI, incorporó a 350 millones de personas al pago digital. La diferencia entre México y esos países no está en la tecnología. Está en la coordinación: gobierno, sistema financiero y sector empresarial empujando en la misma dirección, con incentivos reales y una estrategia articulada. El Acuerdo Nacional México Paga Digital, lanzado apenas en mayo pasado, busca precisamente eso y hacerlo en torno a compromisos concretos y medibles. Para lograrlo se necesitan tres cosas: que los pagos digitales se puedan utilizar en cualquier punto de venta; que existan incentivos para que comercios y consumidores los adopten; y que cada transacción digital contribuya a construir el historial financiero que permita ampliar el acceso al crédito. Detrás de México Paga Digital hay una lógica sencilla: un país donde más personas y empresas participan en la economía formal crece más, recauda más y es más seguro. El dinero digital no es el objetivo; es la palanca. México tiene la infraestructura, el talento y la capacidad para dar este salto: una economía más productiva, más incluyente y con más oportunidades para millones de personas. El momento de acelerarlo es ahora. No se trata de lo que pueda hacer la banca, el gobierno o las empresas por separado, sino de lo que México puede lograr cuando avanza en conjunto. ****Directora General de la Asociación de Bancos de México (ABM)