¿Podría la IA finalmente hacer que la planeación centralizada funcione?

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Por Sergio Adrian Martinez Aunque los algoritmos pueden procesar datos más rápido que cualquier planificador humano, siguen dependiendo de la existencia de información económica significativa. A principios de los años 70, Chile intentó un ambicioso experimento de planificación económica. El gobierno socialista del país invitó al cibernetista británico Stafford Beer a ayudar a diseñar un sistema computarizado capaz de coordinar toda la economía nacional. El proyecto se llamó Cybersyn. Las fábricas de todo Chile enviarían datos de producción a una red central. Los planificadores del gobierno monitorearían la economía desde una sala de operaciones equipada con pantallas y tableros de control. Con suficiente información y poder de programación, los planificadores esperaban poder dirigir racionalmente la actividad económica. El proyecto reflejaba un sueño antiguo entre los defensores del socialismo: que un sistema suficientemente avanzado podría planificar la vida económica con mayor eficiencia que los mercados. Pero Cybersyn nunca resolvió los problemas que pretendía abordar. Durante los primeros años de la década de 1970, el gobierno chileno impuso controles de precios sobre miles de bienes mientras expandía el control estatal sobre la industria. Las escaseces se multiplicaron, los mercados negros se expandieron y la coordinación económica se deterioró. La inestabilidad política pronto siguió, culminando en el golpe militar de 1973. A primera vista, la lección parecía clara: la planificación central no podía replicar la compleja coordinación que realizan los mercados. Sin embargo, la idea nunca desapareció por completo. El nuevo argumento a favor de la planificación con IA Los recientes avances en inteligencia artificial han revivido un viejo argumento. Si los planificadores socialistas anteriores fracasaron por falta de habilidad en computación, quizás los algoritmos modernos podrían finalmente resolver el problema. Algunos escritores contemporáneos han sugerido abiertamente esta posibilidad. En 2019, la revista Jacobin publicó un artículo titulado “Sí, una economía planificada puede funcionar de verdad”, en el cual se argumentaba que los grandes conjuntos de datos y los potentes algoritmos podrían superar el clásico problema del cálculo socialista. Incluso algunos economistas han considerado la idea. Antes de recibir el Premio Nobel, Daron Acemoglu señaló que los avances en inteligencia artificial podrían hacer más plausible la planificación central, sugiriendo que la corrupción podría ser el principal obstáculo en lugar de la viabilidad en sí misma. A primera vista, el argumento suena convincente. La inteligencia artificial puede procesar enormes cantidades de información a una velocidad increíble. El poder de cómputo moderno supera por mucho todo lo que había disponible para las generaciones anteriores de planificadores. Para responder a esa pregunta, necesitamos revisar uno de los debates más importantes de la economía del siglo XX. En 1920, el economista austriaco Ludwig von Mises publicó un artículo pionero titulado “El cálculo económico en la mancomunidad socialista.” A diferencia de muchos críticos del socialismo, Mises no se centró en la corrupción ni en los incentivos perversos. Concedió una suposición generosa: supongamos que los planificadores son inteligentes, benevolentes y genuinamente comprometidos con el bien común. Incluso bajo estas condiciones ideales, argumentó que el socialismo no podría funcionar. La razón radica en el papel de la propiedad privada y los mercados en la generación de precios económicos. En un sistema socialista donde el Estado posee los medios de producción, los mercados de bienes de capital desaparecen. Sin dichos mercados, los precios de maquinaria, materias primas y otros insumos productivos no pueden surgir; y sin precios, el cálculo económico racional se vuelve imposible. Los precios son señales generadas a través del intercambio voluntario que reflejan la escasez relativa de los recursos y las demandas competitivas que se ejercen sobre ellos. Consideremos una decisión sencilla: tenemos que elegir si construimos un piso usando madera, cerámica o mármol. Los precios proporcionan de inmediato información sobre qué materiales son escasos y cuáles son abundantes. Si la cerámica se encarece porque se necesita urgentemente en otro lugar, el precio más alto incentiva la sustitución por madera. Si la madera se vuelve escasa, el precio sube y la decisión se ajusta nuevamente. No es necesario conocer cada detalle sobre por qué cambiaron los suministros. El precio comunica la información relevante, y sin tales señales, las decisiones económicas se convierten en opiniones basadas en datos incompletos. Una generación después, Friedrich Hayek profundizó esta misma crítica en su famoso ensayo de 1945, “El uso del conocimiento en la sociedad.” Hayek argumentó que el problema económico que enfrenta la sociedad es un problema de conocimiento, no de cálculo. La información necesaria para coordinar una economía no existe en un lugar central sino que está dispersa entre millones de individuos. Gran parte de este conocimiento está muy localizado. Se refiere a circunstancias específicas de tiempo y lugar: preferencias cambiantes de los consumidores, oportunidades temporales, conocimientos técnicos o experiencia práctica. Gran parte del conocimiento también es tácito. Las personas a menudo saben cómo hacer las cosas sin poder articular plenamente ese conocimiento. Los mercados proporcionan un mecanismo para generar y transmitir continuamente esta información dispersa a través de los precios. Ahora bien, la planificación central no lo hace. Algunos defensores de la planificación tecnológica asumen que el argumento de Hayek era simplemente sobre el limitado poder de cálculo disponible a mediados del siglo XX. Sin embargo, el argumento de Hayek se refería a las instituciones, no a la capacidad de conteo. La información relevante no existe en una forma que simplemente pueda recopilarse y procesarse. Gran parte de ella solo surge a través de la toma de decisiones descentralizada bajo las instituciones de la propiedad privada y el intercambio voluntario. La inteligencia artificial puede analizar datos existentes, pero no puede sustituir los procesos descentralizados que generan los datos en primer lugar. La economía no es una máquina que pueda controlarse desde monitores; es un proceso dinámico moldeado por millones de decisiones descentralizadas. La inteligencia artificial no supera el problema del cálculo socialista. Los algoritmos pueden procesar datos más rápido que cualquier planificador humano, pero siguen dependiendo de la existencia de información económica significativa. Durante más de un siglo, cada nuevo avance tecnológico —las computadoras, el big data y ahora la inteligencia artificial— ha sido proclamado como la herramienta que finalmente permitirá a los gobiernos planificar economías complejas. Sí: la inteligencia artificial puede procesar datos. Pero solo los mercados pueden descubrirlos. ****Sergio Adrián Martínez García es Asociado Editorial en FEE. Es un economista mexicano de la Universidad Autónoma de Nuevo León con experiencia en el sector público como director de área en la Unidad de Coordinación con Entidades Federativas de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.