Una gráfica de Latinometrics que circuló en redes hace unas semanas se me quedó grabada. El titular lo resume: las remesas mantienen a flote a Centroamérica. Los números vienen de la Tabla 1 del informe del BID sobre remesas en 2025 con estimaciones basadas en datos hasta julio. Honduras, 30.4% del PIB. Nicaragua, 30%. El Salvador, 27.3%. Guatemala, 21.4%. Hasta el fondo de la tabla aparecen Brasil, Chile y Uruguay con 0.2% y Argentina con 0.1%. El promedio de América Latina y el Caribe es 2.5%. Las remesas no son el problema. Son transferencias privadas, voluntarias, sin burócrata de por medio, que llegan directo al bolsillo de quien las necesita, y funcionan mejor que casi cualquier programa de cooperación internacional jamás diseñado. La migración tampoco es una tragedia moral: es la revelación de preferencias más honesta que existe. La gente se mueve hacia donde las instituciones funcionan. Ese movimiento es información, y la información es brutal porque lo que la gráfica mide, en realidad, es un diagnóstico institucional. Nicaragua, por ejemplo, es una dictadura, y su población lo ha respondido con los pies: al menos 800,000 personas, el 11,6% del país, salieron entre abril de 2018 y noviembre de 2025. En El Salvador, su dependencia de las remesas alcanzó su nivel más alto en treinta años después del giro de seguridad, pero sin instituciones económicas no se forma capital ni se retiene gente. Y Guatemala y Honduras tienen democracias en donde no nos sorprende su incapacidad institucional para generar mejores condiciones para sus ciudadanos. Hernando de Soto describió hace veinticinco años lo que ocurre en países así: existe patrimonio, existe esfuerzo, existe trabajo, pero el andamiaje institucional no los reconoce y entonces el capital queda muerto.