Por Kim Ruh Cuando se trata del comercio internacional, los países siempre han tenido que sopesar la eficiencia económica frente a la seguridad nacional. Tras la Segunda Guerra Mundial, promovieron el libre comercio internacional mediante aranceles bajos, convencidos de que era una medida eficiente desde el punto de vista económico y que al mismo tiempo contribuía a la estabilidad política. Entre 1950 y 2008, momento en el que alcanzó su punto álgido, el comercio mundial se triplicó como porcentaje del PIB; aproximadamente la mitad de estos intercambios comerciales correspondían a bienes intermedios, lo que señala la importancia de las redes de producción transfronterizas. Aunque aún había conflictos en marcha, no se produjeron guerras mundiales como las que caracterizaron la primera mitad del siglo XX. La globalización y la estabilidad habían triunfado. Ahora, el mundo se está replanteando el papel de la interconexión económica en los asuntos internacionales, consciente de que cuanto mayor sea esta, mayores son también las situaciones de dependencia que los países adversarios pueden explotar para obtener ventaja en otros ámbitos de las relaciones internacionales. La respuesta radica en la resiliencia de las economías. Los países deben asegurarse el acceso a los recursos necesarios para librar una guerra prolongada. Deben contar con un suministro fiable de medicamentos, microchips, minerales críticos y otros insumos vitales, independientemente de los cambios en la configuración geopolítica mundial. También, deben ser capaces de aumentar la producción con rapidez ante situaciones de emergencias como la que supuso la COVID-19. En Estados Unidos, el gobierno del presidente Donald Trump está adoptando medidas para reducir los riesgos asociados a las cadenas de suministro y fortalecer la capacidad nacional en sectores clave con el fin de reforzar la resiliencia económica. Esto marca un alejamiento de la política de apertura prácticamente incondicional que caracterizaba al país. En algunos casos, estas políticas implicarán una menor eficiencia económica que si se dejaran de lado los riesgos geopolíticos. Este es el necesario costo de la resiliencia. Los modelos económicos que incorporan esta disyuntiva pueden guiar a las autoridades. El reto es minimizar los costos y garantizar que no se recurra a un proteccionismo indiscriminado bajo la apariencia de seguridad nacional. Décadas de fragilidad Durante décadas, el comercio internacional y la inversión se expandieron con escasas restricciones. En busca de una mayor eficiencia, las cadenas de suministro —y sectores enteros— se trasladaron al exterior, a lugares donde los costos eran más bajos. En ello influyó la política comercial, al igual que los avances tecnológicos en las comunicaciones, el transporte y la logística, que hicieron posible el establecimiento de relaciones de producción a larga distancia. Las diferencias en las normas medioambientales y laborales llevaron a las empresas a trasladar su producción a lugares donde se prestaba menos atención al medio ambiente y a los derechos de los trabajadores. El orden internacional liderado por Estados Unidos proporcionó la estabilidad que permitió prosperar a estas complejas redes. A medida que las cadenas de suministro se extendían y se concentraban, se iban acumulando vulnerabilidades. Estas vulnerabilidades siempre habían estado presentes, pero tendían a manifestarse de manera limitada o idiosincrática. Una serie de acontecimientos recientes ha puesto de relieve estas vulnerabilidades y ha reavivado el interés por la relación entre la economía y la seguridad nacional. Las interrupciones que se produjeron en las cadenas de suministro durante la COVID-19 dejaron claro a todo el mundo que los bienes esenciales —como medicamentos, semiconductores y suministros médicos— procedían de unos pocos países, y que la posibilidad de que se produzcan graves disrupciones al comercio era real y dolorosa. Las vulnerabilidades de las cadenas de suministro tomaron por sorpresa a algunas empresas. Una encuesta de Deloitte reveló que solo el 15% de los directores de compras eran capaces de ver los riesgos más allá de sus proveedores directos. La dependencia de Europa de la energía rusa ha recordado al mundo una idea ampliamente conocida: la integración económica, además de unir a los países en un marco de contención mutua, también genera capacidad de influencia. En 2022, las importaciones de petróleo y de gas de la Unión Europea procedentes de Rusia se elevaron al 27% y el 45%, respectivamente, según la Comisión Europea. En 2025, las importaciones desde Rusia cayeron al 3% en el caso del petróleo y al 13% en el caso del gas. La desvinculación de la energía rusa se tradujo en un aumento de los precios de la energía y la ralentización del crecimiento económico. El aumento de la factura energética redujo los ingresos en unos EUR 1.000 por persona entre 2021 y 2022, según las estimaciones de la Comisión Europea. Los controles de licencias de exportación impuestos por China en abril de 2025 provocaron una escasez de tierras raras y sus derivados que llegó a amenazar con paralizar distintas líneas de producción como la del sector automotor, de la defensa y de la electrónica, tanto en Estados Unidos como en otros países. Seis meses después, China amenazó con ampliar el alcance y la magnitud de sus controles a la exportación, en un claro recordatorio para Estados Unidos de su vulnerabilidad. Estados Unidos debe ahora hacer frente a los riesgos para la seguridad nacional asociados a que sus adversarios dominen cadenas de suministro clave. Las consideraciones geopolíticas sobre qué productos comercializamos y con quién lo hacemos han pasado a ocupar un lugar prioritario. Esto no significa rechazar las ventajas comparativas y los beneficios derivados del comercio; se trata más bien de reconocer que el libre comercio no siempre es la opción más adecuada. En mercados que funcionan correctamente, el libre comercio sigue siendo el ideal y debe promoverse siempre que sea posible, sobre todo con los aliados. Sin embargo, muchos de los problemas que afronta Estados Unidos son el resultado de fuerzas deliberadas ajenas al mercado, que distorsionan la producción y el consumo a pesar de los bajos niveles arancelarios predominantes. Las consideraciones geopolíticas sobre qué productos comercializamos y con quién lo hacemos han pasado a ocupar un lugar prioritario. Fuerzas peligrosas La orientación estratégica del Estado, las subvenciones, la represión financiera, el proteccionismo y el arbitraje regulatorio son fuerzas de naturaleza política, no fundamentos económicos. Estas políticas son especialmente peligrosas cuando las aplican grandes países adversarios. El pensamiento económico debe prestar mayor atención a estas fuerzas, y los economistas, incorporarlas de forma más sistemática en su trabajo. Las autoridades necesitan marcos para analizar las consideraciones estratégicas de sus decisiones. ¿Refuerza determinada política la capacidad de influencia de Estados Unidos, o incrementa su vulnerabilidad? ¿Cómo podemos identificar qué bienes deben someterse a controles por motivos de seguridad nacional, evitando al mismo tiempo un proteccionismo innecesario? ¿Qué bienes deben producirse en el mercado nacional, y cuáles pueden importarse de países aliados? ¿Cómo podemos reactivar un sector nacional de la manera más eficiente posible? Quizá lo más importante sea el desarrollo de herramientas que identifiquen con claridad las disyuntivas entre la eficiencia económica y los objetivos estratégicos. Los economistas disponen ya de muchas de las herramientas analíticas necesarias que permiten orientar la toma de decisiones y anticipar las consecuencias no deseadas de las políticas. Los aranceles y las sanciones son quizá los principales instrumentos de política más estudiados; sin embargo, los precios mínimos, las reservas estratégicas, las restricciones a las exportaciones y los acuerdos de inversión son solo algunos de los instrumentos de los que se dispone. La política fiscal, la política industrial y la infraestructura reguladora pueden parecer cuestiones de política nacional, pero también son instrumentos de diplomacia económica y deben analizarse en ese contexto. Siempre ha habido economistas dedicados al estudio de la geoeconomía, y actualmente se están llevando a cabo más investigaciones en este campo. Las principales conferencias de la Oficina Nacional de Investigación Económica y la Asociación Americana de Economía incluyen regularmente sesiones sobre temas geoeconómicos. Lo mismo ocurre en círculos académicos y de formulación de políticas en el extranjero. La investigación económica suele ir por detrás de los grandes acontecimientos que evolucionan con rapidez, si bien acaba alcanzándolos en poco tiempo. Un nuevo foco de atención Se está produciendo un cambio amplio y de largo plazo en las prioridades de las autoridades y los analistas. El campo de la geoeconomía es transversal y va más allá del comercio internacional y la seguridad nacional. El control de las redes de pagos internacionales y el dólar constituyen una ventaja geopolítica para Estados Unidos; sin embargo, los países no alineados, tras haber aprendido de las sanciones impuestas a Rusia, están creando redes de pago alternativas y buscando formas de protegerse frente a una posible pérdida de acceso al sistema financiero liderado por Estados Unidos. Los países compiten por asegurarse el control de los recursos de minerales críticos en todo el mundo, llegando en ocasiones a competir por ellos con sus propios aliados. Tecnologías que marcarán el futuro, como la inteligencia artificial, la computación cuántica y la biotecnología, son objeto de disputa y seguirán estando condicionadas por decisiones de políticas, tanto acertadas como desacertadas. El cambio necesario no se producirá de la noche a la mañana. Reconfigurar las cadenas de suministro y reubicar la producción en otros países llevará décadas. A corto plazo, los cambios en las políticas pueden provocar un aumento de los precios, generar escasez de algunos productos y requerir inversiones costosas. Estos costos a corto plazo son reales, incluso cuando el beneficio a largo plazo lo justifique. La estructura de la democracia estadounidense complica más el panorama. Resulta difícil comprometerse con una política a largo plazo cuando un futuro gobierno puede revocar las políticas de sus predecesores, sobre todo cuando los costos a corto plazo se van acumulando. Los cambios que se están produciendo en el mundo han devuelto al primer plano del debate político el equilibrio entre la eficiencia económica y la seguridad nacional. El replanteamiento de la seguridad nacional es bien recibido, pero no debemos abandonar los principios económicos que han hecho grande a la economía estadounidense, en particular la existencia de mercados libres y competitivos. Lograr el equilibrio adecuado requiere un esfuerzo sostenido por parte de las autoridades y los investigadores que las respaldan. Kim Ruhl es titular de la Cátedra Curt y Sue Culver de Economía en la Universidad de Wisconsin-Madison y fue miembro del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca.