Por María del Carmen Macías y Jonathan Hernández Reséndiz La discusión sobre los ingresos tributarios en México suele concentrarse en las cifras del presupuesto, las metas de recaudación o en la posibilidad de una reforma hacendaria. Sin embargo, para comprender la estructura fiscal mexicana hoy en día, es importante conocer que esta es resultado de una trayectoria histórica marcada por la escasez, insuficiencia, dependencia de impuestos indirectos, fragilidad institucional, conflictos entre órdenes de gobierno y una distribución desigual de las cargas tributarias. Desde el sistema mexica y durante la Colonia, la recaudación se apoyó en contribuciones sobre bienes, trabajo, comercio y circulación de mercancías. Conceptos como la alcabala, el almojarifazgo y los estancos permitieron financiar al Estado trasladando una parte importante de la carga hacia las y los productores, trabajadores y consumidores, mientras que determinados grupos conservaron privilegios o exenciones. Esta combinación dejó huella en la conformación de la estructura tributaria del país. La Independencia, la Reforma y la Revolución modificaron las instituciones y las fuentes de ingreso, acompañadas de guerras, crisis económicas y disputas territoriales. En esos periodos, el gasto militar aumentó mientras la capacidad recaudatoria se debilitaba. Los gobiernos recurrieron a deuda, préstamos forzosos, emisión de papel moneda y gravámenes sobre actividades estratégicas. La urgencia de obtener recursos limitó la posibilidad de construir sistemas tributarios más estables y progresivos. Posteriormente, durante el siglo XX se incorporaron instrumentos de tributación directa, particularmente el impuesto sobre la renta (ISR), el cual se estableció formalmente en 1925. No obstante, su consolidación no eliminó la relevancia de los impuestos indirectos. La historia muestra que no basta con crear un impuesto, su eficacia depende de registros, autoridades, reglas, coordinación política y capacidad administrativa para que sea sostenible. Los datos recientes reflejan avances, pero también límites de esa transición tributaria. Entre 1990 y 2025, los ingresos tributarios del Gobierno Federal pasaron de 8.3 a 15.2% del PIB. En ese mismo periodo, el ISR pasó de 3.5 a 8.2% del PIB y el IVA de 2.8 a 4.2%. Sin embargo, en 2024 la recaudación tributaria de México representó 18.3% del PIB, por debajo del promedio de América Latina y el Caribe, de 21.7%; así como de la OCDE, de 34.1%. Estas cifras reflejan un espacio fiscal limitado para financiar servicios públicos, inversión y políticas sociales. La lección histórica nos muestra que los cambios fiscales requieren progresividad, instituciones sólidas, coordinación entre la federación y los estados, diversificación de ingresos y estabilidad ante las crisis. Sin estos elementos, cualquier aumento recaudatorio puede ser temporal o recaer de manera desproporcionada en quienes tienen menor capacidad económica. La situación actual de los ingresos tributarios no es una anomalía aislada, representa una construcción fiscal a lo largo del tiempo en la que las rupturas institucionales convivieron con continuidades profundas. Comprender esa trayectoria permite discutir el futuro de la política fiscal en México. Consultar la investigación completa en ciep.mx