El jueves 19, en la manifestación que hicimos en el Hospital Regional de Alta Especialidad para exigir se atiendan las necesidades en salud de los guanajuatenses en el tercer nivel de atención (están vacías más de 100 camas de las 184 que tiene) y la solicitud al IMSS y al ISSSTE para que cumplan con las metas de vacunación que ya deberían haber terminado (van apenas al 70%), me preguntaron los comunicadores qué estaba pasando con la tuberculosis, enfermedad prevenible con la vacuna BCG (Bacilo de Calmette-Guérin) y de esto quiero hablarles estimados lectores. En México, el sarampión hace ruido mediático porque “se ve”: brotes agudos, niños hospitalizados y muertos, notas diarias y una narrativa clara de brote–respuesta–culpables. La tuberculosis, en cambio, mata en silencio: progresa lentamente, se confunde con la pobreza y las comorbilidades, se esconde en prisiones, hospitales y colonias periféricas, y casi nunca aparece en los noticiarios, aunque sigue siendo una de las principales causas de muerte infecciosa en el mundo y la carga en América ha dejado de disminuir al ritmo esperado. El sarampión ofrece imágenes inmediatas: exantema, brotes epidémicos localizados, cadenas de transmisión claramente trazables, y una vacuna de altísima efectividad cuya caída de cobertura se refleja casi de inmediato en nuevos casos. La tuberculosis, en contraste, es crónica, se asocia a desnutrición, hacinamiento, diabetes y VIH; muchas personas cursan asintomáticas o con síntomas vagos durante meses, y el subdiagnóstico es masivo: en 2023 se estimaron 10,6 millones de casos en el mundo, pero solo 7,5 millones se notificaron. Mientras el sarampión provoca alarma inmediata y reacciones políticas rápidas, la tuberculosis se diluye en la estadística: es “parte de la normalidad” en barrios pobres, comunidades indígenas y personas privadas de la libertad. En la Región de las Américas la incidencia de tuberculosis lleva cuatro años consecutivos aumentando, reflejo de fallas en la detección y recuperación incompleta de los servicios tras la pandemia de COVID 19, a diferencia de África o Europa donde las tasas vuelven a descender. A pesar de un descenso promedio de la mortalidad regional (−2,3% anual en hombres y −1,9% en mujeres entre 2000 y 2019), países como Bolivia, México, Nicaragua, Honduras y Perú mantienen las tasas más altas de muerte por tuberculosis, con claras brechas sociales y territoriales. En México, los datos oficiales muestran una incidencia nacional “moderada”, pero el diablo está en los detalles: estados como Baja California han tenido incidencias superiores a 60 casos por 100 000 habitantes, más del doble del promedio nacional, y una dinámica intensa ligada a la migración, la pobreza urbana y los sistemas penitenciarios saturados. La vacuna BCG, indicada para su aplicación al nacimiento, tiene eficacia limitada para prevenir la infección o la tuberculosis pulmonar en el adulto, pero sí reduce de manera importante las formas graves en la infancia, como la meningitis tuberculosa y latuberculosis miliar. La cobertura mundial de BCG ronda 88%, pero ha mostrado descensos durante y después de la pandemia; donde la BCG no se aplica de manera oportuna o sistemática al nacimiento, se abren ventanas de riesgo para formas graves de TB en menores, especialmente en contextos de transmisión intensa. En México, los problemas de abasto, la falta de aplicación sistemática al nacimiento y los rezagos en vacunación significan, en la práctica, que un número creciente de niñas y niños entra a un entorno con tuberculosis activa sin siquiera la protección parcial que ofrece la BCG. El subjercicio presupuestal (negligencia criminal) en vacunación no solo se traduce en brotes de enfermedades o epidemias de alto impacto mediático como el sarampión; deteriora todo el ecosistema de inmunización, fragmenta cadenas de frío, debilita equipos de salud y erosiona la confianza social en las campañas de vacunación. Aunque la BCG no es la panacea, recortar recursos, retrasar compras o no ejecutar el presupuesto de inmunización implica que los recién nacidos de hoy serán, en unos años, adolescentes y adultos con mayor riesgo acumulado de enfermedad tuberculosa, en un contexto donde la incidencia regional ya va al alza. A esto se suma la ausencia de inversión suficiente en detección y prevención: la OMS recomienda pruebas moleculares rápidas como estándar inicial y la expansión deltratamiento preventivo de la infección tuberculosa; sin embargo, en la Región de las Américas, la brecha entre las personas con infección y quienes reciben tratamiento preventivo sigue siendo enorme. En un país donde su gobierno presume tener una república sana y un sistema de salud como el de Dinamarca, no es aceptable que la tuberculosis siga siendo un problema “invisible”, ya que, a la semana 5 de 2026, hay 40 personas con meningitis tuberculosa, 1.658 casos de tuberculosis respiratoria y 331 casos de otras formas de tuberculosis. !A vacunarse!