Independientemente de tecnicismos legales, regulaciones estrictas e inclusive errores y omisiones, el trato y escarnio público que ha recibido Ernesto Ruffo Appel no ha sido el que podría corresponderle a aquel que emprende y podría ser culpable por negligencia, falta de previsión o prudencia. No; la acusación penal que hoy recae sobre Ruffo parte de exhibir una culpabilidad basada en el dolo, en esa voluntad, intención y conciencia de llevar a cabo ciertas conductas para alcanzar fines ilícitos concretos. Y es ahí, precisamente, donde la figura de Ernesto Ruffo Appel no encaja. No porque Ruffo sea infalible o un ser inalcanzable a las tentaciones mundanas, sino porque de lo que se le acusa, es precisamente lo que ha combatido toda su vida: el abuso de lo público por grupos de delincuencia política. Manteniendo esa postura no solo como opositor frente al poder en turno, sino incluso respecto de la vida interna de su propio partido. Por eso, para aquellos que conocemos su terca consecuencia política, pública, seguimos sin encontrar indicios del giro con el que hoy nos presentan esta versión criminal de Ernesto Ruffo. Es ahí donde la acusación no puede cambiar la historia de vida de un hombre: sus luchas, triunfos y derrotas, su círculo cercano, su constancia, sus hábitos, sus dichos y su documentado actuar por décadas. Que la vergonzante mano sobre la cabeza de Ruffo pese e incomode a todos aquellos que en algún momento sentimos orgullo por la dignidad, pertenencia y distinción norteña de nuestra península, porque de normalizar este trato, nos cambiarán la plaza de los tres poderes por una proyección de la mañanera y el borrego cimarrón por un ajolote. La Baja California NO será una delegación federal. Ernesto Ruffo Appel libre.